Bolivia y su revolución silenciosa

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Publicado en La Prensa

A pesar de los múltiples desafíos, el proceso de transformación iniciado por Evo Morales continúa a paso firme

HASTA 1952, las elecciones en Bolivia fueron un asunto sencillo. Solo el 6.6% de la población –los 205 mil hombres blancos y educados que había en el país— tenía derecho a voto, y los indígenas –mayoría— no podían ni siquiera entrar a la Plaza Murillo, frente al palacio presidencial en La Paz, por ser considerados sucios y malolientes. El 21 de julio de ese año, sin embargo, el nuevo gobierno implantó el sufragio universal –aumentando de golpe el electorado a un millón 125 mil personas— y dio inicio a un profundo proceso de reformas que cambiaría el país para siempre. Para los historiadores, la llamada “Revolución Nacional” marca la entrada de Bolivia al siglo XX.

Siete años después (1959) nacía en Isallavi, una remotísima aldea cerca de Oruro, un niño indígena llamado Evo Morales. Hijo de un criador de llamas, las dificilísimas condiciones de su nacimiento e infancia –la falta de electricidad, agua y cuidado médico— causaron la muerte de tres de sus siete hermanos, y marcarían el resto de su vida. De niño, Evo caminó una vez con su padre y su rebaño de llamas por un mes entero, desde Oruro a Cochabamba. Durante la travesía pasaban a su lado buses llenos de gente que arrojaban cáscaras de naranja y plátanos por las ventanas. “Yo recogía esas cáscaras para comer”, recordó Morales años después. “Y desde entonces, uno de mis mayores sueños fue poder viajar en uno de esos buses”.

 

El desafío de Bolivia

La vida del joven Evo reflejaba la gran distancia que había aún entre la realidad boliviana y los ideales de la revolución del 52. Esa realidad, a su vez, era producto de los enormes desafíos geopolíticos que han convertido a Bolivia en un país pobre y propenso a la fragmentación desde los tiempos de la conquista española. Sin acceso al mar desde 1879 –cuando lo perdió ante Chile en la Guerra del Pacífico—, el territorio boliviano se divide en una mitad marcada por factores –altitud y aridez— que dificultan el desarrollo agricultural, y otra plana y tropical que cuenta con algunas de las tierras más fértiles del mundo. Esto ha resultado, no casualmente, en una marcada división económica y demográfica: mientras que el sureste concentra más del 50% del PIB y está habitado por descendientes de europeos, en el noroeste la mayoría Quechua y Aymara ha tenido que vivir en condiciones de pobreza y miseria.

Estas dificultades, naturalmente, han moldeado la historia política del país. Con más de 190 golpes de Estado –récord hemisférico—, Bolivia fue por mucho tiempo la encarnación del desmadre de la política latinoamericana. La Revolución Nacional fue abortada en 1964 por un golpe de Estado que inauguró casi dos décadas de gobiernos militares, hasta 1982. Para 1985, el país se acercaba al colapso económico, con una creciente deuda externa y una inflación rozando el 11 mil por ciento.

El recién elegido mandatario Víctor Paz Estenssoro –nada menos que en su tercer mandato— buscó en el economista de Harvard Jeffrey Sachs la respuesta a los dilemas del país andino. Así se inauguró una época de doctrina neoliberal que, en el caso boliviano, giró en torno a dos ejes: la aplicación estricta de un programa de desregulación económica y un ataque frontal a la producción de coca, condición sine qua non impuesta por Washington –y sus apéndices en el Banco Mundial y el FMI— para proporcionar el crédito necesario.

Lo que siguió fueron dos décadas de convulsión social y desastre económico que culminaron, el 18 de diciembre de 2005, con la elección presidencial del líder sindicalista cocalero Evo Morales, el niño que comía de las cáscaras en la carretera. El primer presidente indígena de Bolivia y de América, elegido con el mayor porcentaje de votos de la historia boliviana (53.7%). Con su elección, dijo el expresidente Carlos Mesa (2003-2005), se “[cerró] la página histórica de la revolución del 52”.

 

La era Evo

Cuando asumió el poder en enero de 2006, Evo se encontró con una sociedad rota. Las políticas neoliberales habían arrasado el país, aumentando la pobreza de 1997 a 2002 y reduciendo el PIB per cápita entre 1998 y 2005. Además, como señaló en analista Kepa Artaraz, Bolivia experimentaba una doble crisis de legitimidad, “una creencia generalizada que el neoliberalismo había fracasado y que la democracia liberal no respondía a la voluntad popular”.

En esas circunstancias, Morales lanzó un profundo plan de redistribución de la riqueza a través de la intervención estatal en la economía. Y aunque apenas dos años después la geopolítica volvió a desafiarlo –con la crisis de 2008, que puso al país al borde de la guerra civil—, terminó imponiéndose y, de paso, completando su particular “viaje del héroe”, esa crisis histórica que, una vez superada, consolida todo proceso de cambio profundo.

Desde entonces, Evo ha triunfado siete veces en las urnas, la última de ellas el pasado domingo. En los últimos comicios, de hecho, obtuvo el 60% de los sufragios y venció en 8 de los 9 departamentos del país, incluyendo por primera vez a Santa Cruz, un bastión opositor donde en 2002 cosechó apenas el 3% de los votos.

El rotundo e inapelable éxito de la era Morales, sin embargo, no parece verse reflejado en la manera como se le percibe a nivel hemisférico, e incluso mundial. Como escribió Ellie Mae O’Hagan en The Guardian, al presidente boliviano “se le suele representar como un bufón populista cuyas extravagantes denuncias contra Estados Unidos evidencian su incompetencia”. Esta actitud, en el fondo, solo refleja la perniciosa influencia de siglos del más profundo desprecio. “Acostumbrados a mirar desde arriba a los indígenas, no alzaban la mirada para mirarnos”, escribió el subcomandante Marcos sobre la rebelión zapatista de 1994. “Acostumbrados a vernos humillados, su corazón no comprendía nuestra digna rebeldía”.

Lo cierto, no obstante, es que los ochos años de gestión de Morales tienen muchísimo para ofrecer. En lo económico, el PIB pasó de 9 mil 525 millones de dólares en 2005 a 30 mil 381 en 2013, y el PIB per cápita saltó de mil 10 a 2 mil 757 dólares en el mismo periodo. Para 2014 se espera un crecimiento entre 5.5% y el 5.7%, solo por detrás, a nivel latinoamericano, del 6.7% proyectado para la economía panameña.

Por si eso fuera poco, Morales ha convertido a Bolivia en un país sustancialmente más rico. La deuda gubernamental ha bajado del 80% al 33% del PIB y los 14 mil 430 millones de dólares de reservas financieras –8.5 veces más que los mil 714 millones que había en 2005— representan el 47% del PIB, el porcentaje más alto –de lejos— de toda la región. Como prueba de su salud financiera, en 2012 el país comenzó a emitir bonos soberanos por primera vez desde 1920.

Bolivia ha crecido más rápido en los últimos ocho años que en los 35 anteriores, lo que para el académico Martín Mendoza-Botelho representa “uno de los periodos más prósperos de la historia del país”. Irónicamente, la gestión económica de Morales ha sido elogiada por el Banco Mundial y el FMI, que parecen ignorar que fue precisamente el rechazo de sus recomendaciones lo que permitió el despegue económico boliviano.

Lo anterior, por supuesto, se debe a que el crecimiento boliviano se basa en la participación estatal en la economía, que ha pasado del 17% al 35%. La nacionalización de los hidrocarburos ha invertido la proporción de las ganancias que quedan en el fisco –del 18% al 82%—, resultando en un aumento del 285% en los ingresos estatales. Nada de esto se ha reflejado negativamente en la producción, que se ha doblado, y cuyas ingresos han pasado del 5.6% del PIB en 2004 al 25.7% en 2008 y a casi el 50% en la actualidad. El Estado, sin embargo, ha entendido sus límites. Morales, por ejemplo, ha sabido entenderse con los empresarios y casi no ha tocado al sector bancario.

Y luego está la parte social. En este sentido, el avance de los últimos años ha sido impresionante. En el siglo XXI, Bolivia ha experimentado la mayor tasa de reducción de pobreza y pobreza extrema de Latinoamérica –25% y 43% respectivamente desde 2005—, y ya se plantea el objetivo de acabar con esta última para 2025. El éxito económico, traducido en un aumento del 45% del gasto público y un 87.7% del salario mínimo, ha resultado en una reducción dramática de la desigualdad económica. Si en 2005 el 10% más rico ganaba 128 veces más que el 10% más pobre, hoy esa relación se ha reducido a la mitad. Coronándolo todo, un agresivo programa de alfabetización logró que en julio la UNESCO declarara al país libre de analfabetismo.

 

Las amenazas

Pero no todo es perfecto en el mundo de Evo. El presidente boliviano ha sido muy criticado por seguir una estrategia de desarrollo económico demasiado dependiente de las exportaciones de materias primas, lo que la hace altamente vulnerable a los cambios de precio a nivel global.

En este sentido, en el panorama boliviano empiezan a aparecer nubes. Con Venezuela y Argentina debilitándose y un desaceleramiento de la demanda energética china, el panorama para el gas boliviano –el recurso que le es más fácil exportar— no luce óptimo. Por otro lado, la falta de acceso al mar y la pobreza infraestructual del país hacen que cualquier intento de explotación de sus otros recursos –plata, zinc, oro y especialmente litio, del que posee el 23% de las reservas mundiales— requiera una fuerte inversión, lo que no es del todo compatible con el enorme gasto social que ha caracterizado a la era Morales. La estrategia actual, en otras palabras, parece estar aproximándose a su fecha de caducidad. Y el futuro, en consecuencia, podría traer decisiones importantes, incluyendo un entendimiento con Chile, que necesita gas natural tanto como Bolivia necesita salida al mar.

Por otro lado, Morales tendrá que profundizar su proyecto social. La reducción del trabajo infantil y de la violencia de género, e incluso la legalización del matrimonio gay y la liberalización del aborto lucen como los próximos desafíos. En el aspecto de seguridad, una reciente investigación de InsightCrime reveló cómo los nuevos patrones de consumo de drogas en la región podrían afectar a Bolivia. Encerrada entre el segundo consumidor del mundo –Brasil—, el principal productor de cocaína del planeta –Perú—, el mayor productor de marihuana de Suramérica –Paraguay— y mercados crecientes como Argentina y Chile, Bolivia está ahora “literalmente en el corazón del narcotráfico suramericano”.

Pero lo más difícil para Morales será navegar las serias divisiones que existen en su propio campo. Existe un gran descontento por el impacto ecológico de su modelo extractivista y sus repercusiones sobre el modo de vida de los pueblos indígenas, ambas cosas ejemplificadas en la crisis sobre la construcción de una carretera por el llamado TIPNIS (Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Securé), un debate que aún no termina.

De fondo, y relacionado íntimamente a esto, está la posibilidad de que el trifunfo del pasado domingo sirva de impulso para una modificación constitucional que permita a Morales una nueva reelección en 2019. Aunque el vicepresidente Álvaro García Linera ha asegurado que es “algo que no está en el horizonte”, la experiencia latinoamericana –especialmente con líderes del corte de Morales— no invita al optimismo.

Ninguna de estas cosas, sin embargo, han sido suficientes para prevenir otra aplastante victoria del presidente boliviano. Después de todo, Morales ha demostrado que las políticas de izquierda no perjudican al crecimiento económico, que los trabajadores y los movimientos sociales sí pueden gestionar economías exitosas y que un proceso político puede transformar un país. Evo, escribió el analista Atilio Borón, “es el parteaguas de la historia boliviana: hay una Bolivia antes de su gobierno y otra, distinta y mejor, a partir de su llegada” al poder.

Bolivia, ciertamente, se ha convertido en otro país. El proceso político iniciado por Evo ha sido tan exitoso que el debate democrático no es entre Gobierno y oposición –centrado en las elecciones— sino a un nivel más básico y auténtico, entre los distintos movimientos sociales que conforman el llamado “proceso de cambio”. Al igual que en Ecuador, la derecha se ha reducido, en palabras del analista Ronn Pineo, “a clubes dispersos de votantes”. Además, y como demuestran las encuestas, los bolivianos están cada vez más satisfechos con el funcionamiento de su democracia.

Esta fascinante dualidad –el intenso debate interno y la unanimidad electoral a favor de Morales— resulta incomprensible, e incluso reprobable, para aquellos que no entienden nada más allá de las ideas europeas-estadounidenses de modernidad. Pero, tras ocho años de Evo y a falta de 6 más, los bolivianos ya están por encima de eso. Simplemente no les importa lo que piensen los demás.