Del radicalismo, la pasión y las buenas intenciones

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Publicado en el blog Periscopio de prensa.com

SEA LO QUE SEA que uno haga, ver colegas morir haciendo su trabajo –o a causa de él— es una experiencia fuerte. Observar cómo el Estado Islámico –a través de su verdugo de acento británico— acabó con la vida de James Foley y Steven Sotloff fue impactante para mí no necesariamente por el hecho en sí –lastimosamente, ni el asesinato de periodistas ni las decapitaciones filmadas son ninguna novedad— sino porque tanto ellos como yo –y muchísimos otros— pertenecemos a la misma generación de jóvenes corresponsales, los que hicimos nuestros pininos cubriendo la llamada “primavera árabe” y, sobre todo, arriesgándolo todo para vivir y reportar la guerra civil en Libia.

Las horribles muertes de Foley y Sotloff me agarraron, además, en pleno desarrollo de lo que será mi website personal, www.ricangel.com. En él estará la mayor parte de mi trabajo desde que comencé a escribir profesionalmente, a mediados de 2008. La parte de diseño está casi lista –por eso me atrevo a invitarlos a visitarlo—, pero cada trabajo debe ser subido individualmente. Y eso me está dando la oportunidad de releer todo lo que he escrito desde que osé convertirme en periodista.

Lo último que he tenido la oportunidad de agregar –y releer— fue la primera cobertura de mi vida, la serie de 4 artículos que hice desde Copenhague, en diciembre de 2009, sobre los últimos días de la XV Cumbre de la ONU sobre Cambio Climático, mejor conocida como COP15. Es posible que la COP de Copenhague haya sido la cumbre más importante de toda la historia, pues se estima que hasta el 66% de los líderes mundiales estuvo presente en ella. Ahí tuve yo el primer gran honor de mi carrera, que fue el de ser el único periodista panameño cubriendo semejante evento.

Menciono todo esto porque la combinación de factores me hizo recordar una historia que viví durante mis días en Copenhague. Yo había llegado a la capital danesa desde Aarhus, la segunda ciudad del país, donde había estado viviendo por cuatro meses. Como no tenía ni dónde caerme muerto (bueno, quizá eso sí, pero no mucho más), tuve que quedarme en casa de Adam Qvist, un activista danés que ya me había dado hospedaje en una visita anterior. Adam era –y supongo que sigue siéndolo— un personaje fascinante, idealista a rabiar e involucrado en una serie de causas, principalmente la de la Franja de Gaza. Por ende, los últimos días de la cumbre –del 15 al 18 de diciembre—, en los que la humanidad entera estaría pendiente de lo que ocurriese en la capital danesa, eran importantísimos no solo para él sino para todos los activistas del mundo. (En realidad, para cualquiera con un mínimo sentido de conciencia ambiental.)

Copenhague, en pocas palabras, era el centro del mundo. Y naturalmente, yo no iba a ser el único durmiendo en la sala de Adam. Fue al llegar a su apartamento donde conocí a Sky.

Desde el comienzo, Sky me pareció una persona enigmática, de muy pocas palabras. Su mirada era afilada y su acento marcadamente británico. Pero era su pelo, predominantemente canoso, lo que sugería una edad –a priori— poco apropiada para un activista.

Sky, en realidad, no era cualquier activista. Era un periodista radical, y trabajaba para el Independent Media Center (IMC), mejor conocido como Indymedia. Llevaba haciéndolo prácticamente desde el comienzo, desde aquel maravilloso nacimiento durante las legendarias protestas de Seattle en 1999. Allí, un grupo de activistas y hackers, insatisfechos con la manera como los medios tradicionales cubrían lo que ocurría en las calles de la ciudad –y como enfocaban el movimiento antiglobalización en general— crearon lo que terminó convirtiéndose en la red más importante de información alternativa del mundo.

Indymedia funciona con unos principios definidos –publicación directa, sin jerarquías editoriales ni centralización de ningún tipo— y tiene presencia en casi todo el planeta, incluyendo todos los países importantes de Latinoamérica (Panamá no es uno de ellos). Por su propia naturaleza e historia, los IMC se especializan en la cobertura del movimiento de protesta, antiglobalización y justicia global. Sobra decir, entonces, que la COP15 era exactamente el tipo de eventos en los que desplegaban toda su capacidad.

Pero volvamos a Sky. Bastaban unos minutos con él para darte cuenta –por la manera como te hablaba, como te miraba y como lo miraban— que el británico era un tipo importante, casi una leyenda. Aún lo recuerdo, fumando un cigarro mientras dibujaba líneas imaginarias en un enorme mapa sobre la mesa del apartamento de Adam. El plano era de la ciudad de Copenhague, y Sky, con lujo de detalles y una familiaridad asombrosa, me explicaba lo que sucedería solo horas más tarde. Ese miércoles 16 de diciembre, uno de los días más fríos que he vivido, una enorme manifestación intentaría irrumpir en el Bella Center –sede de la COP— para tomarse la justicia climática en sus manos.

Fue ahí, a su lado, cuando comencé a reflexionar sobre cuán similares y cuán distintos éramos él y yo. Yo estaba en Copenhague reportando para medios de mi país sobre lo que ocurría en esa “cumbre de las cumbres”. Él también estaba ahí para reportar, pero también para organizar, protestar e incluso enfrentarse a la policía. En otras palabras, Sky estaba ahí para involucrarse. Y a pesar de que nos llevamos bien casi instantáneamente, de que compartimos techo y piso –para nuestros sleeping bags— y que pasamos horas y horas conversando, yo podía darme cuenta de que, muy en el fondo, Sky me despreciaba. O mejor dicho, despreciaba –y profundamente— lo que yo representaba: el periodista pagado, reportando para un medio masivo y tradicional. En cierta manera –y aunque la cosa no llegó a ese nivel—, para Sky yo era parte del problema. Y él, por supuesto, era parte de la solución.

Un par de días después, durante una de nuestras conversaciones –en las que rememorábamos, minuto a minuto y aún llenos de adrenalina, lo que habíamos vivido en las calles— Sky me contó una historia que jamás olvidaré. No era la primera vez que me deleitaba con sus anécdotas: el día anterior, por ejemplo, me contó cómo le prohibieron la entrada a Israel. Pero ésta, simplemente, estaba en otra liga.

A Sky, el mismo que tenía enfrente, casi lo mata la policía italiana de una paliza durante las protestas anti G-8 de Génova, en julio de 2001. Tras Seattle ’99, Génova ’01 es una de las “batallas” más épicas de una confrontación –entre activistas antiglobalización y fuerzas policiales de distintos países— que caracterizó el periodo “entreguerras” que va de noviembre de 1989, cuando acabó la Guerra Fría, a septiembre de 2001, cuando arrancó la ídem “contra el terrorismo” (curiosamente, en inglés, las fechas son, respectivamente, 11/9 y 9/11).

Las protestas de Génova estuvieron marcadas –aún a día de hoy— por el brutal trato de la policía italiana hacia las más de 200 mil personas que acudieron a la ciudad a protestar. Tras la controversial muerte del activista Carlo Giuliani, la historia de Sky fue quizá la más famosa de las protestas. Los policías le dieron tanto y tan duro que le volaron más de 12 dientes, le rompieron varios huesos y lo dejaron en coma. El gobierno italiano –y el británico inclusive— intentaron disculpar a los policías, llegando incluso a acusar a Sky de –sorpresa, sorpresa— instigar violencia y planear los enfrentamientos con la policía. El caso le dio la vuelta al mundo y fue cubierto por los medios más importantes hasta que fue, inevitablemente, enterrado en el polvo de las Torres Gemelas.

Mientras se desarrollaba el evento geopolítico más importante de los últimos 20 años, para Sky comenzaba una larga lucha legal. Siete años después, cuando The Guardian publicó un extenso reportaje sobre su historia –y la de los cientos de heridos en Génova ’01—, la lucha continuaba.

Y en eso, nos conocimos en Copenhague ’09. Las protestas de la COP15, imagino, no fueron ni una fracción de lo que se vivió en aquellos excitantes años anteriores al 11-S, pero él, yo y miles más estábamos completamente absorbidos por ellas. Tanto, que Sky jamás me dijo su verdadero nombre. Él y su historia siguieron dando vueltas en mi cabeza y solo un tiempo después, tras descubrir que su nombre es Marcus Covell, pude leerlo todo acerca de lo que le ocurrió en Génova y la trascendencia que tuvo.

Desde entonces, cada cierto tiempo la historia de Sky/Covell aparece entre mis pensamientos. Y supongo que siempre lo hará, pues en cierta manera el ímpetu con el que entré a esta profesión era exactamente el mismo que motiva a todos los periodistas radicales de Indymedia. De hecho, en algún momento consideré crear el primer IMC panameño, e incluso publicar una revista anarquista.

Por eso, encontrarme cara a cara con Indymedia en Copenhague fue extremadamente significativo. En Sky y su gente reconocí el ímpetu y la pasión que me movieron y me siguen moviendo, sí, pero no fue lo único. La relación amor-odio que Sky mantenía conmigo –o con lo que yo representaba— era, a su vez, solo una muestra de la dinámica entre la escena ‘radical’ y el resto de la escena liberal. Durante mi cobertura de las protestas de Copenhague pude ver de primera mano la intolerancia, la arrogancia y el profundo desprecio que tenían los activistas ‘radicales’ por todo lo que no fuera como ellos. El impacto que eso me causó ha marcado mi actitud y mi trabajo desde entonces.

A pesar de mis experiencias en Copenhague, debo reconocer que sigo sintiendo una gran simpatía por el movimiento anarquista y antiglobalización, que soy un ferviente admirador de los medios alternativos como Indymedia y que siento un enorme respeto por las personas –como Sky— que lo arriesgan todo para luchar por lo que creen correcto. El punto de este post no es deslegitimar sus esfuerzos sino señalar cómo la naturaleza humana termina imponiéndose sin importar las condiciones. Sin darse siquiera cuenta, la comunidad ‘radical’ ha terminado reproduciendo lo que tanto odian: las mismas actitudes intolerantes, egoístas y jerárquicas que prevalecen a lo largo y ancho de casi todas las sociedades. Y si ocurre con los anarquistas, por supuesto, también ocurre con los wahhabistas del Estado Islámico. Los radicalismos, sean de la naturaleza e intenciones que sean, terminan de la misma manera por el simple hecho de que van en contra de la infinita –y hasta incomprensible— diversidad que caracteriza la vida en este planeta. Mientras eso no se comprenda, el camino al infierno seguirá siendo pavimentado con buenas intenciones.