El Estado Islámico (II): el Frankenstein de Saud y Wahhab

Ilustración: Lowis Rodríguez

Ilustración: Lowis Rodríguez

Publicado en La Prensa. Lee la primera parte aquí.

EL AUTOPROCLAMADO Estado Islámico (IS, por sus siglas en inglés) controla cerca de un cuarto de millón de kilómetros cuadrados entre Irak y Siria y gobierna una población que supera los cuatro millones de personas. Además de borrar –a base de eficiencia militar— una de las fronteras más artificiales del planeta, ha impactado al resto del mundo con su mezcla de intolerancia, brutalidad y sofisticación mediática.

Desde el punto de vista social, el IS solo puede ser entendido en el contexto del colapso del Estado iraquí y el ídem sirio, y de los altos niveles de violencia, crueldad y humillación que han experimentado esas sociedades desde entonces, sea por razones internas –guerras civiles— o externas, como la “guerra contra el terrorismo”. Bajo esos criterios podría ser comparado con las maras, que son producto de la destrucción de las sociedades centroamericanas tras décadas de conflicto. Ambos exhiben niveles similares de brutalidad e intolerancia al tiempo que ofrecen un fortísimo sentido de identidad y pertenencia a sus miembros.

La comparación, sin embargo, llega hasta ahí. Sin entrar a las complejidades de los grupos centroamericanos, el IS no puede ser comprendido en su totalidad sin considerar otro aspecto, el ideológico, que responde a procesos iniciados en otros tiempos y latitudes.

 

Wahhab y Saud

Nuestra historia comienza en la región central de la península arábiga –llamada Najd— en la primera mitad del siglo XVIII. Alli vivió el teórico islámico Muhammad ibn Abd al-Wahhab (1703-1792). Intelectualmente, Wahhab era seguidor de Ibn Taymiyyah (1263-1328), otro erudito que había vivido 450 años antes. Taymiyyah, en cierta manera, es el padre del fundamentalismo islámico: creía firmemente que el periodo del profeta Muhammad (LPSCE) en Medina (622-630) era el ideal de sociedad al que todos los musulmanes debían aspirar, defendía la lucha armada por motivos religiosos y fue uno de los primeros en declarar apóstatas a otros musulmanes. Con el tiempo, estas ideas se convirtieron en lo que hoy conocemos respectivamente como salafismo, jihadismo y takfirismo.

El eslabón que une las ideas medievales de Taymiyyah con nuestros tiempos se llama Muhammad ibn Abd al-Wahhab. Más que un innovador, Wahhab fue el líder de un revival fundamentalista que continua hoy. Sobre todo, fortaleció el concepto de takfir, el acto de declarar “infiel” (kafir) a otro musulmán. Para Wahhab, el kafir debía ser “asesinado, sus mujeres e hijas violadas y sus posesiones confiscadas”.

Por el lado político, Wahhab creía que todos los musulmanes debían jurar lealtad a un único líder islámico (un Califa, de haberlo). El poder de sus ideas lo convertía en un activo valiosísimo para cualquiera con ambiciones de expansión. Tras una primera alianza político-religiosa en su tierra natal –cuyo fracaso le costó el destierro en 1741— llegó a la cercana ciudad de Diriyah, en donde fue bienvenido por su líder, Ibn Saud. Ambos hombres acordaron que, juntos, reconducirían a los árabes de la península a los “verdaderos” principios del islam. El matrimonio de la hija de Wahhab con el hijo y heredero de Saud –en 1744— selló un pacto que cambiaría la historia para siempre.

Así nació lo que hoy conocemos como el Primer Estado saudí (PES). Armado con la doctrina de Wahhab, el clan saudita ahora podía conquistar en nombre de la jihad (y no del mero oportunismo político). Comenzaron subyugando a las comunidades aledañas, dándole la opción –como hace el IS hoy— de convertirse al wahabismo o morir. La muerte de Ibn Saud en 1765 no le restó un ápice de efectividad a la alianza, que continuó funcionando con su hijo Abdulaziz: para la década de 1790 controlaban la mayor parte de la península arábiga y lanzaban ataques frecuentes en Siria e Irak.

La muerte de Wahhab en 1792 tampoco afectó la dinámica del PES. En 1801, los sauditas-wahabitas masacraron a miles de chiítas en la ciudad sagrada de Karbala (Irak). Dos años después, Abdulaziz conquistó La Meca y Medina, los dos epicentros del islam.

La masacre de Karbala, sin embargo, le saldría cara tanto al rey como al PES. Solo meses después de tomarse las ciudades sagradas, Abdulaziz murió a manos de un asesino chiíta. Su hijo Saud lideró un breve periodo de expansión que terminó en 1812, cuando el ejército otomano expulsó al PES de Medina, Jeddah y La Meca. A partir de ahí, todo iría cuesta abajo. Saud murió de fiebre en 1814, y su hijo, Abdullah, fue tomado prisionero y ejecutado cruelmente en Estambul. Un año después, el PES sufría otra derrota crucial y en 1818 los otomanos destruyeron Diriyah, donde todo había comenzado 74 años antes. El PES dejó de existir, y los wahabitas que quedaron se esfumaron entre las arenas árabes, esperando el momento de volver.

 

A la tercera va la vencida

Tras el colapso del PES, el dominio saudí de la Arabia central y oriental fue restaurado por gran parte del siglo XIX (1824-1891). Al contrario del PES, el Segundo Estado saudí (SES) no se caracterizó por la expansión territorial ni por el fanatismo religioso, y su caída se debió más bien a disputas a lo interno de la dinastía saudita.

La situación cambió definitivamente a comienzos del siglo pasado. Abdulaziz al Saud (1876-1953) era apenas un adolescente cuando el SES colapsó. Algunos años más tarde comprendió el enorme atractivo –y el poder— de la alianza saudita-wahabita y los utilizó para unir a las tribus beduinas y lanzarse a la conquista. En 1902 recuperó Riyadh –la tierra ancestral saudí— de manos de la dinastía Al-Rashid y, una década después, los saudíes volvían a controlar el Najd y la costa este de la península. A continuación, Abdulaziz fundó la Ikhwan, una milicia wahabita que, entre 1914 y 1926, capturó La Meca, Medina y Jeddah.

El Tercer Estado saudí estaba a punto de nacer, pero aún faltaba una convulsión final. Al contrario de sus antepasados, Abdulaziz sabía perfectamente que el ímpetu wahabita terminaría –como le sucedió al PES— con la destrucción de su proyecto. Además, necesitaba constituir su reino como un Estado serio a los ojos de las potencias mundiales. Su cambio de intenciones resultó en una revuelta wahabita que duró dos años (1927-1929). Vencido este último escollo, en 1932 nacía oficialmente el Reino de Arabia Saudita (RAS).

Es importante entender que esta confrontación entre lo político y lo religioso no destruyó –ni siquiera debilitó— la alianza entre saudíes y wahabitas. El wahabismo, en palabras de Alastair Crooke, “pasó, a la fuerza, de ser un movimiento de jihad revolucionaria y purificación teológica a un ídem de proselitismo social, político, teológico y religioso; y a justificar la institución que sostiene la lealtad a la familia real saudí y al poder absoluto del rey”.

Aquí llegamos al que quizá sea el punto clave para entender lo que representa ideológicamente el IS. Los adherentes al wahabismo se vieron en la necesidad de reconciliar el abismo que existe siempre entre ideas y realidad. Eso, sin embargo, no quieren decir que esta institucionalización fuera compartida por todos. Como escribió Fouad al-Ibrahim en Al Akhbar, durante toda la historia saudí –y hasta hoy mismo— han habido “esfuerzos individuales y colectivos para ‘re-wahabizar’ el Estado saudí, pero todos fallaron”.

 

Wahab o no Wahab

El manejo de esta tensión ha sido uno de los grandes desafíos a lo largo de la historia del RAS. Y una de las maneras en que la monarquía canalizó el ímpetu wahabista llegó con el boom petrolero de la década de 1970. Como escribió el experto francés Giles Kepel, los saudíes decidieron “extender el wahabismo por todo el mundo musulmán (…) con el propósito de reducir la multitud de voces a un solo credo”. Desde entonces, miles de millones de dólares han sido invertidos para extender por todo el mundo musulmán una de las ideologías más extremas, violentas e intolerantes que se hayan visto jamás. El resultado, por supuesto, ha sido la resurección del fundamentalismo islámico –de la jihad afgana (1979-1989) a Boko Haram en Nigeria— y las múltiples ‘guerras frías’ saudíes contra el chiísmo –léase Irán—, el islam político –léase la Hermandad Musulmana—, el secularismo y, en general, cualquier idea que atente contra la dualidad saudita-wahabita.

Aquí, naturalmente, es donde entra de lleno el IS. Por un lado, es imposible imaginar la creación –y mucho menos la expansión— de semejante grupo sin los esfuerzos saudíes para radicalizar la región. Por el otro, el análisis de las ideas y acciones del IS revelan un compromiso total con la ideología wahabita. “Quien lea las biografías de los líderes del IS encontrará que éstos absorbieron la doctrina wahabita en todo detalle”, escribió al-Ibrahim. “Los principios de Estado [del IS] son copiados casi literalmente de fuentes wahabitas”. Desde que fuera fundado hace 15 años por Abu Musab al-Zarqawi en Afganistán, el grupo ha continuado creciendo hasta convertirse en un “califato” sin fronteras fijas, en permanente estado de guerra contra los infieles. Exactamente lo que Wahhab soñó.

De cara al RSA, entonces, el IS es el Frankenstein perfecto. Los hombres de Abu Bakr al-Baghdadi se están proyectando al mundo como los nuevos Ikhwan, verdaderos representantes del wahabismo a nivel mundial. Al hacerlo, deslegitiman al reino saudí como soberano del territorio más importante del islam –el reino es llamado “la tierra de las dos mezquitas sagradas”— y, por ende, como líderes del sunismo mundial. Al intentar arrebatar al wahabismo de manos saudíes, el IS representa la mayor amenaza a la existencia del reino saudí desde su fundación.

 

¿Y ahora?

Sabiendo esto, la pregunta es si el IS correrá el mismo sino del PES hace dos siglos. No hay dudas de que los yihadistas conocen la historia, e incluso hay señales de que poco a poco comienzan a entrar en una etapa más enfocada a la gobernanza que a la conquista territorial o a la publicación de sus brutales actos. Si esto sucede, podríamos esperar la aparición de señales de diferencias internas.

Pase lo que pase, sin embargo, el IS aún sufre de un limitado alcance operacional. A pesar de su formidable poder militar en su teatro de operaciones, no cuentan con la capacidad –física e intelectual— para ejecutar ataques a nivel global.

Estas limitaciones se corresponden con –e incluso se explican a través de— su poca penetración en el campo de las ideas. A pesar de su enorme impacto mediático, prácticamente ningún grupo yihadista importante les ha declarado lealtad, y la mayoría de los pesos pesados permanecen fieles a Al Qaeda (cuyo líder, Ayman al-Zawahiri, anunció recientemente la creación de una rama en el subcontinente indio). En este sentido, los avances más importantes del IS han venido de grupos pequeños y –curiosamente— de comunidades radicales de habla inglesa. El IS, reveladoramente, está siendo más atractivo para yihadistas europeos y estadounidenses que para el grueso del mundo musulmán.

Es imposible concluir un análisis del IS sin considerar el contexto regional y las cosas que pueden suceder. En cuanto a lo primero, la región donde opera el IS parece estar presenciando el colapso del orden Sykes-Picot y, más concretamente, del Estado como principio organizador. Para George Friedman, Irak y Siria constituyen repeticiones del “modelo libanés”, un proceso en el que el colapso del Gobierno trajo el ascenso de clanes que lucharon entre ellos hasta que el cansancio les hizo encontrar un equilibrio. “Hay dos temas importantes aquí. El primero es cuán lejos irá la desintegración de los Estados en el mundo árabe. Y el segundo es qué haran las potencias regionales –Turquía, Irán, Israel y Arabia Saudita— al respecto”, escribió. “Es hora de dejar de pensar en estabilizar Siria e Irak y concebir nuevas dinámicas fuera de los Estados artificiales que ya no funcionan”.

En cuanto a qué puede traer el futuro, es importante tener dos cosas muy presentes. Primero, que el ascenso del IS no debería ser ninguna sorpresa conociendo la desintegración del estado en Siria e Irak, la historia del reino saudí y las dinámicas de la “Guerra contra el Terrorismo”. Mientras esos elementos no cambien radicalmente, la situación tampoco lo hará.

Finalmente, no debemos olvidar que el principal imperativo geopolítico estadounidense es el balance de poder en la masa euroasiática. Dentro de ese imperativo, la creación de caos juega un rol fundamental. De ahí que, en un momento de brillantez periodística, Glenn Greenwald concluyera hace poco que “parece claro que la intervención estadounidense en Oriente Medio es un fin en sí misma, y la forma particular que adquiera es una consideracion secundaria”.