El Golpe de Giroldi

Noriega

En la mañana del 3 de octubre de 1989, el mayor Moisés Giroldi lideró un intento de golpe contra el comandante de las Fuerzas de Defensa de Panamá, el general Manuel Antonio Noriega. El plan no funcionó, y para el final del día siguiente Giroldi y 10 oficiales más habían sido ejecutados en la llamada Masacre de Albrook. El intento de golpe y sus consecuencias fueron los últimos eventos significativos antes de la invasión estadounidense y, veinticinco años después, continúan persiguiendo a la sociedad panameña.
Como conmemoración del 25 aniversario de esos eventos, publiqué en el blog Periscopio de prensa.com una serie de artículos en las que se narraba lo ocurrido en la Comandancia aquel 3 de octubre y lo que esos eventos –y la subsecuente reacción a la Operación Causa Justa— nos dicen sobre el Panamá de entonces y el de ahora. La serie constaba de tres partes (I, II y III), publicadas entre el 3 y el 17 de octubre de 2014, pero a continuación reproduzco el texto íntegro.

 

“AHÍ FUERA ESTÁN muriendo tus soldados, ¿y tú qué haces? ¿Esa es la clase de comandante que quieres ser?”

Su tono, aunque firme, no era especialmente alto. Y ni falta que hacía. Había recuperado el control de la situación, y el hombre que tenía enfrente estaba completamente derrumbado.

“Para ser comandante hay que tener huevos –continuó—, y tú no los tienes. Ríndete antes de que mueras”.

Moisés Giroldi, mayor de las Fuerzas de Defensa de Panamá (FDP) y comandante de la Compañía Urracá, había entrado en parálisis. Las palabras de su interlocutor, el General Manuel Antonio Noriega, se perdían en el enorme vacío que había dentro de su cabeza. Lo mismo ocurría con el estruendo que entraba por los cuatro costados de la oficina en la que se encontraban. Eran los sonidos de la muerte: el zumbido de las balas, el traqueteo de las ráfagas de metralla, la explosión de las granadas y, sobre todo, los gritos de los heridos. Unos cuantos minutos antes, incluso, un cohete había impactado en pleno patio. El Cuartel Central se había convertido en el escenario de una batalla entre soldados del mismo ejército. Sus compañeros matándose entre ellos.

Los combates seguirían un rato más, pero la suerte ya estaba echada y le había tocado perder. Mientras Noriega le hablaba, cada molécula de su cuerpo seguía intentando asimilar que la apuesta más importante de su vida había fracasado.

Giroldi había cruzado su Rubicón esa misma mañana, martes 3 de octubre de 1989, cuando se tomó –junto a la totalidad de los Urracás y otras compañías aliadas— el control del cuartel. La decisión no había sido fácil: las líneas que unían al General, su General, con su familia eran largas. Su padre había sido sargento de la Guardia Nacional (GN) y había trabajado en los motores de motos en Chiriquí, al mando de Noriega. En parte gracias a eso, él había tenido la oportunidad de estudiar en la Academia Militar de Nicaragua. La gratitud y el respeto casi paternal que sentía hacia su comandante le habían hecho escogerlo para apadrinar dos de los eventos más importantes de su vida: su boda –con Adela Bonilla— y el nacimiento de su tercer hijo. Y 19 meses atrás, había arriesgado su vida para defenderlo cuando un grupo de oficiales, liderados por el Coronel Leonidas Macías, intentó sacarlo del poder.

Ese acto de lealtad le había valido su rango actual y su entrada al círculo cercano al General, nada menos que a cargo de la seguridad de la Comandancia (como también se conocía al Cuartel Central). Pero el sabor era agridulce. De alguna manera, su ascenso era parte de algo más grande y preocupante. Las Fuerzas de Defensa se estaban pudriendo desde adentro. La confusión, la desconfianza y la indisciplina reinaban, y eran pocos los oficiales que no estuvieran embarrados de corrupción de una manera u otra, en mayor o menor medida. El General Noriega continuaba controlando el ejército, y a través de él el país, pero la moral de las tropas, el esprit du corps, estaba por los suelos, y su liderazgo disminuía al mismo ritmo que aumentaba lo aleatorio e improvisado de sus decisiones. En esas condiciones, ninguna organización, y mucho menos un ejército, puede aspirar a nada más que a su eventual descomposición.

Giroldi estaba convencido de que eso era aún evitable. Los problemas, entendía, eran graves pero emanaban de la madre de todas las indisciplinas castrenses, la que ha provocado rebeliones en todas las épocas y latitudes: la negativa de gran parte del Estado Mayor de retirarse a tiempo. Si él y sus aliados lograban forzar una vuelta al orden natural de las cosas, y convencer a Noriega y los demás de que era hora de retirarse, las FDP estarían más cerca de la redención. Definitivamente, era algo por lo que valía la pena arriesgarse. Incluso con la vida. Después de todo, Noriega había prometido tratar sin piedad al que volviera a intentar derrocarlo.

Aunque conocía los riesgos, el comandante de la Compañía Urracá se sentía confiado cuando, sobre las 8:30, dio a sus hombres la orden de tomarse la Comandancia. Su esposa Adela y el resto de sus familiares habían tomado refugio un par de horas antes en Fort Clayton, sede del Comando Sur del Ejército de Estados Unidos. El refugio a sus familiares había sido una de las dos peticiones que, a través de un par de agentes de la CIA con los que había conversado la noche del domingo, había hecho llegar a los norteamericanos. La otra, el apoyo logístico para evitar la llegada de refuerzos leales al general, llegaría a su tiempo. O eso esperaba. En todo caso, ya no había nada que pudiera hacer. El golpe había comenzado.

 

–O–

 

El morterazo contra la pared de la habitación fue el signo definitivo de que algo serio estaba pasando. Los disparos provenían de la tanqueta del capitán León “Cocoliso” Tejada, recién llegado de una misión de la ONU en Namibia. Pero eso el General no lo sabía. En realidad, no sabía casi nada. Sentado en su cama, había estado sometiéndose a un examen de salud rutinario, con el Dr. Martín Sosa, cuando todo comenzó.

Sin ningún tipo de elemento para evaluar la situación, Noriega corrió hacia el teléfono. Desde ahí hizo un par de llamadas para pedir ayuda. Por los altoparlantes le advertían que se rindiera, que todas las compañías estaban aliadas en su contra, pero daba la impresión de que aún los golpistas no tenían el control total del edificio. En ese caso, tendría algo de tiempo hasta que llegaran al segundo piso, donde se encontraba la habitación. Además del Dr. Sosa lo acompañaba Iván Castillo, su guardaespaldas, que inmediatamente salió en búsqueda de apoyos y no regresó.

Giroldi y sus hombres se hicieron finalmente con el control y, por un momento, el silencio se apoderó del cuartel. Para entonces, el General había hecho varias llamadas. Poco después escuchó los golpes en su puerta.

“¡General, abra la puerta!”, gritó una voz que no reconoció.

“Es Armijo. Salga, por favor. No dispare”.

Mientras sostenía firmemente la ametralladora –que guardaba en su habitación para momentos como este—, el General asumía que Roberto Armijo, uno de sus coroneles, estaba liderando una rebelión contra él.

“La puerta está abierta. Entren”, contestó.

“No, ábrala usted”, dijo otra voz.

“¡Abran la puerta, coño!”, gritó Noriega.

Cuando la puerta se abrió, el General vio no solo a Armijo sino a otros oficiales de alto rango afuera de su habitación. Giroldi, respetando la cadena de mando, los había enviado a hablar con él y explicarle la situación. En esas circunstancias, por supuesto, era imposible saber quién de ellos estaba con los golpistas y quién no.

Pero esa era, en ese momento, la última de las preocupaciones de Noriega. El General salió de la habitación y comenzó a caminar, lentamente, hacia las escaleras que conducían al patio de la Comandancia. A medida que avanzaba, intentaba evaluar la situación. Lo más importante, sin embargo, era ganar tiempo para que su gente acudiera a rescatarlo.

 

–O–

Noriega no se equivocaba. Para cuando salió a enfrentar a los golpistas, sus aliados estaban en plena movilización. Y no solo habían sido sus llamadas telefónicas las que habían alertado de lo que sucedía en la Comandancia. Por toda la ciudad, las hostilidades eran evidentes. A su llegada al Cuartel de Panamá Viejo, por ejemplo, el Coronel Nivaldo Madriñán recibió disparos de ametralladora de los oficiales del Escuadrón de Caballería. Su comandante, el Capitán Javier Licona, se encontraba en la Comandancia liderando el golpe.

Los rebeldes, además, transmitieron un comunicado –leído por el periodista Daniel Alonso— sobre las 10 de la mañana en el que explicaban las claves de lo que sucedía: era un movimiento exclusivamente castrense con el objetivo de retirar a los oficiales que habían cumplido sus 25 años de servicio; de manera más general, mostraba su apoyo al gobierno provisional del presidente Francisco Rodríguez, proponía la pronta celebración de elecciones y reconocía la necesidad de democratizar al país. La proclama, transmitida y repetida una y otra vez por Radio Exitosa, terminaba de darle a conocer al país que las FDP volvían a convulsionar. Y en octubre de 1989, eso significaba que Panamá volvía a convulsionar.

Mientras la proclama rebelde resonaba en todos los radios del país, un 727 de la Fuerza Aérea Panameña (FAP), al mando del Mayor Luria, volaba a la base aérea de Río Hato. Allí estaban basados los Machos de Monte, un cuerpo de infantería al mando del Capitán Gonzalo “Chalo” González. Tras enterarse de los hechos en la Comandancia, el Capitán había solicitado el envío de la aeronave al Teniente Coronel Pascual González, jefe de Aeronáutica Civil, quien inmediatamente despachó hacia Río Hato el 727, el único de la FAP, desde el Aeropuerto de Tocumen. Sobre las 10:30 de la mañana, unos 120 Machos de Monte comenzaban a abordar el avión. Media hora después Luria, González y sus hombres despegaban de vuelta a Tocumen, sin saber si ya era muy tarde.

–O–

Aún no lo era. En la Comandancia, Noriega había notado la falta de liderazgo y convicción de los golpistas, y estaba recobrando, a base de golpes psicológicos, el control de la situación. Al salir al patio, vio a algunos de sus hombres arrestados, boca abajo contra el piso. Para ese momento, había comprendido que el líder del grupo era Giroldi, que estaba en el patio con otros oficiales rebeldes. El mayor vestía una camiseta blanca y pantalones, mientras que el general iba completamente uniformado. Noriega miró a su alrededor, observando cómo los golpistas evitaban su mirada.

Decidió arriesgarse. Levantó la voz y comenzó a reprenderlos uno por uno, por nombre, incluso a los que manejaban las tanquetas que ocupaban el patio. Les dijo, señalando al Cerro Ancón, que eran solo unos peones de los estadounidenses, quienes, con toda seguridad, observaban todo desde su centro de control en las entrañas del cerro.

Nadie decía una palabra. Nadie desafiaba su autoridad. Era el momento de lidiar con el líder. Giroldi estaba ahí, en su atuendo civil, firme pero nervioso. Tras intentar razonar con el que oficialmente era su prisionero, el mayor invitó al general a hablar en una zona un poco más alejada.

A medida que transcurría el tiempo, la situación comenzaba a volverse más y más confusa. El general se sentía cada vez más confiado, pero el control del edificio y el balance militar estaba completamente a favor de los rebeldes. A su vez, Giroldi se iba dando cuenta de que su plan A –convencer a Noriega de retirarse— no iba a funcionar y, desgraciadamente, no tenía plan B. Ese vacío de alternativas, a su vez, iba siendo llenado, a la desesperada, por las ideas e intenciones de sus aliados, que sabían que el statu quo militar no iba a durar mucho más. Pero Giroldi seguía al mando, y mientras no sabía qué hacer con el general, tenía muy claro qué no iba a permitir: nadie mataría –como llegó a sugerir Licona— ni maltrataría a Noriega y, bajo ninguna circunstancia, sería entregado –al menos voluntariamente— a los estadounidenses.

La situación estaba bloqueada. Y el tiempo seguía pasando. Ante la falta de liderazgo, los rebeldes empezaron a maltratar a sus prisioneros. Asunción Eliécer Gaitán, un capitán que se había convertido en jefe de la guardia personal de Noriega y uno de los oficiales más cercanos al general, fue agarrado por Licona, quien lo arrojó al suelo para dispararle. Noriega corrió a interponerse entre ambos. “Vas a tener que matarme a mí antes que a él”, le dijo al Capitán. Licona no respondió, y poco después abandonó el edificio en dirección a Fort Clayton.

En ese momento, Noriega supo que había vuelto a ganar. El sonido de combates afuera de la Comandancia empezó a hacerse más y más intenso. Tras aterrizar en Tocumen y desplazarse en un camión y otros vehículos, los Machos llegaron al Cuartel Central sobre el mediodía e inmediatamente entablaron batalla. La superioridad militar de los Machos inclinó rápidamente la balanza, pero la cereza sobre el pastel la puso el Mayor Porfirio Caballero, que disparó un cohete con un lanzagranadas desde el edificio Paco, colindante con la Comandancia. El proyectil impactó en medio del patio, e hizo pensar a los rebeldes que estaban siendo bombardeados. Para ese momento, el general ya le había comido la moral a un Giroldi en completa parálisis.

Presas del pánico, un grupo de golpistas intentaba forzar a varios oficiales a subir a un camión para llevárselos arrestados. “Nadie se va de aquí”, gritó Noriega, ya seguro de su triunfo. “¡Ninguno de ustedes puede levantarse contra este comandante! ¡Ninguno tiene los huevos para ir en contra de mí!”. Giroldi seguía paralizado mientras sus hombres desertaban. Algunos huían, otros renegaban abiertamente de los golpistas –diciendo que habían sido forzados a participar— y otros intentaban pasar desapercibidos. Mientras las fuerzas norieguistas recobraban el control de las instalaciones, las líneas entre leales y rebeldes se hacían cada vez más borrosas. Al fin y al cabo, todos vestían el mismo uniforme.

Giroldi se dirigió a Noriega. “Ok. Déjeme ir”, le dijo. “No sé adónde, pero déjeme ir. Mi mujer y mis hijos me están esperando”. Por supuesto, no le dijo que en Clayton.

El General lo miró, en silencio, por un momento. “Lárgate de mi vista”, le contestó. Giroldi salió disparado, pero instantes después volvió a tenerlo enfrente, arrestado y arrastrado hasta su presencia por sus soldados; hombres que se encontraban bajo los efectos de la victoria militar, la droga más potente de cuantas hay. Estaban a mil por hora, y no iban a permtir que Giroldi, ni ninguno de sus cogolpistas, quedara sin castigo. Pero Noriega tenía la mente en otras cosas, y no dio ninguna orden firme. Al contrario, se fue a relajar en la barbería. Esa misma tarde empezaron las venganzas, con el asesinato del Teniente Deoclides Julio en plena Comandancia.

Los días siguientes siguieron el mismo patrón. Mientras el General se sentía más vivo y poderoso que nunca –paseándose por Panamá con su pen pal estadounidense, una niña de 12 años llamada Sarah York—, los golpistas fueron ejecutados en las catacumbas del régimen. El Mayor Giroldi murió en el Cuartel de Tinajitas, víctima de una ráfaga de metralleta disparada –por la espalda— por el capitán Heráclides Sucre, y un disparo del también capitán Ramón Díaz. El Capitán Nicasio Lorenzo murió ahorcado en la cárcel Modelo. Nueve oficiales más fueron ejecutados en los hangares de Albrook.

 

–O–

 

En muchas maneras, los primeros días de octubre de 1989 capturan las esencias del Panamá de Manuel Antonio Noriega. Comenzando por el General, era evidente que había perdido, hacía tiempo, la lealtad y el control de sus propios hombres. La rebelión de Giroldi era la segunda en menos de dos años, y la desconfianza y confusión reinante le habían hecho ignorar la poca información previa que le había llegado al respecto. De hecho, su jefe de inteligencia, el Coronel Guillermo Wong, lo había convencido de que no había nada de qué preocuparse. Luego sabría que el mismo Wong, junto a otros coroneles, planeaban darle un golpe al golpe, aprovechándose de los esfuerzos de Giroldi para hacerse con el poder. Y eso era apenas la punta de un iceberg de oficiales y compañías enteras que, durante el golpe, se habían autosaboteado o, como mínimo, se habían ‘hecho los locos’. Era imposible saber dónde estaban las lealtades de cada uno. Las FDP se habían convertido en un todos contra todos.

La compostura y agilidad mental exhibidas por Noriega en las horas que estuvo prisionero, a su vez, contrastan fuertemente con la incapacidad y desidia mostradas en cuanto pasó el peligro. El permiso –tácito o no— para que sus oficiales cometieran la matanza más atroz de nuestra historia –en un país y un ejército sin tradición de ejecuciones ni fusilamientos— fue, en el fondo, solo un reflejo de la manera como llevaba a las FDP, un cuerpo que cada día se asemejaba menos a un ejército serio.

Como círculos concéntricos, a su vez, el general y sus FDP eran meros reflejos de la sociedad que los había producido. La dictadura militar había comenzado 21 años antes, pero hacía solo dos, aproximadamente, que el pueblo panameño venía mostrando un rechazo más o menos mayoritario hacia los uniformados. El origen de ese repudio era variopinto: había empezado con las revelaciones –de fraudes electorales, crímenes atroces y corrupción nauseabunda— hechas por el Coronel Roberto Díaz Herrera, cogido ritmo con la abundante represión en los meses siguientes –incluyendo el fallido golpe de marzo del 88— y llegado al clímax con la cancelación de las elecciones de mayo del 89. Panamá, ahora sí, estaba harta del gobierno militar. Algunos sectores de la sociedad interpretaron esto como un renacimiento democrático. Incluso Guillermo Endara, el candidato presidencial opositor en las últimas elecciones, hacía huelgas de hambre a lo Gandhi.

Los ideales, sin embargo, son más bonitos e inofensivos en los libros que en la vida real. La historia del Panamá de Noriega –quizá más que ninguna otra— se entiende no por lo que ocurrió dentro de nuestras fronteras sino por lo que sucedió afuera. “Noriega –escribió él mismo en 2012— no es una óptica exclusiva y cerrada de la historia de Panamá sino parte del ajedrez geopolítico”. Así, al párrafo anterior, habría que agregar que a mediados de 1987 –coincidiendo con el inicio de la ‘ola democrática’– el gobierno estadounidense comenzó a apretarle las tuercas económicas al país. Y así, sobre Panamá planea la sospecha de ser el único país en el que las sanciones económicas estadounidenses han logrado que la población se rebele contra sus gobernantes.

Es imposible saber si, a la larga, la presión económica habría tumbado al régimen militar. Nunca lo sabremos porque el destino de nuestro país estaba siendo escrito, como lo ha sido casi siempre, en otras latitudes. En ese momento, el Washington de Ronald Reagan perdía gradualmente el amor por los asesinos anticomunistas en su patio trasero –especialmente en Centroamérica— y dirigía su interés –y su apoyo económico y logístico— hacia los mujahideen, esos “luchadores por la libertad” que estaban llegando a Afganistán, por millares y provenientes de todo el mundo musulmán, a luchar una guerra santa contra el “imperio del mal” soviético. Con ese cambio de prioridades, Noriega perdía casi todo lo que tenía para ofrecerle a los estadounidenses –un servicio de inteligencia que, además, estaba cada vez peor— y, por ende, pasaba de ser un activo intocable del establishment de seguridad nacional –CIA y Departamento de Defensa— a ser percibido como una mezcla entre dictador bananero y narcotraficante. Ninguna de las dos le convenía.

Noriega, irónicamente, sabía mejor que nadie que Washington no tiene amigos, solo intereses. Y aún así, su lectura de la situación internacional fue desastrosa. El general entendía –correctamente— que el único actor con la fuerza suficiente para quitarle el poder era Estados Unidos. Pero nunca supo ver que el momento en el que Washington necesitaba más de él que lo contrario había pasado. Su análisis fue tan errado que, tras lo ocurrido con Giroldi, interpretó que si los estadounidenses no habían intervenido entonces no lo harían nunca.

En Washington, por otro lado, el affaire Giroldi les hizo confrontar, por primera vez, que no tenían un plan, ni siquiera una idea concreta, de qué querían hacer con Noriega. Resueltos a evitar otro fracaso de imagen –el gobierno de Bush padre fue muy criticado por su manejo de la crisis— y convencidos de que no había una sola unidad de las FDP en la que pudieran confiar, los estadounidenses empezaron a planear la invasión a Panamá. El objetivo: la destrucción de la totalidad de unas FDP que, en la nueva configuración geopolítica, ya no les eran necesarias.

La operación, además, serviría otros propósitos: salvo uno que otro bombardeo aquí y allá y una intervención para ‘salvar a Grenada de las garras del comunismo’ en 1983, el ejército –y la psiquis— estadounidense no había podido sacarse de encima el llamado “síndrome de Vietnam”. Esto no solo tenía que ver con la moral de las tropas, sino con el manejo del elemento que –creían ellos— les había hecho perder la guerra vietnamita: los medios de comunicación.

Estados Unidos, en pocas palabras, necesitaba un entrenamiento militar de tamaño decente, pero de bajo riesgo, para ensayar ciertas cosas –desde armas hasta el sistema de pooling para el manejo de la prensa— de cara al “nuevo orden mundial” que el presidente Bush prometió cuando ya se vislumbraba la caída del Telón de Acero. Washington ya no pelearía para contener el comunismo en cualquier rincón del mundo, sino que se convertiría, a través del fuego purificador de sus bombas, en el evangelista de la libertad, la democracia, el capitalismo y el rock n’ roll. Entre el intento de golpe de Giroldi y la caída del Muro de Berlín habían pasado menos de 40 días. Panamá, entonces, lucía como un escenario ideal no solo para afinar las herramientas el nuevo orden mundial, sino para dejar claro, con un puñetazo sobre la mesa, quién era el nuevo dueño del planeta.

El Panamá de finales del 89 era, sin embargo, una sociedad confundida, y muchos panameños malinterpretaron las intenciones estadounidenses. Noriega no solo se pensaba intocable, sino que mordió todas y cada de las carnadas con las que Washington fue armando su casus belli, para terminar invadiendo en la madrugada del 20 de diciembre. Otros, por su parte, pensaron que los estadounidenses venían finalmente a librarnos de la tiranía y a enseñarnos a ser como ellos. Por eso, recibieron a los soldados con jamón y pavo de Navidad. Por eso bailaron en las calles mientras caían las bombas, borrachos de ideales, seguros en sus burbujas socioeconómicas.

Al otro lado de la ciudad, el Chorrillo, el barrio de la Comandancia, ardía en llamas –tanto que los periodistas que lo visitaron al día siguiente lo apodaron “el pequeño Hiroshima”— mientras la maquinaria bélica más poderosa de la historia descargaba su furia sobre nuestros civiles. Noriega entendió su error demasiado tarde, y solo pudo huir mientras sus compatriotas morían. Los que celebraban la invasión nunca entendieron el suyo. Ni lo han entendido. Para ellos, la “democracia” panameña es un regalo de Estados Unidos, y vale más que todas y cada una de las miles de vidas –juntas o por separado— que se cobraron las bombas del evangelio del Tío Sam. Al final, y se hace más evidente con cada día que pasa, los únicos que entendieron la invasión por lo que realmente era fueron los muertos, que ni siquiera nos hemos dignado en contar y que, como dijo Platón, son los únicos que han visto el verdadero final de la guerra.