El mundo después del Muro (I)

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Publicado en el blog Periscopio de prensa.com

LAS CONMEMORACIONES POR EL 25 aniversario de la apertura del Muro de Berlín han generado un gran número de reflexiones paralelas. La más obvia, naturalmente, ha sido sobre la propia Alemania y su situación actual –tanto a lo interno como a nivel europeo y global— tras casi un cuarto de siglo de reunificación. Otros, por ejemplo, han desviado su atención hacia los muros que siguen en pie en diferentes partes del mundo, entre los que destaca la inmensa Barrera de Separación construída por los israelíes en Cisjordania, que es dos veces más alta y casi 5 veces más larga que el Mauer de la capital alemana (aparte de estar construida sobre territorio que ningún país del mundo reconoce como israelí, y de ser considerada ilegal por la Corte Internacional de Justicia, pero eso es otra historia).

De todas las consideraciones que surgen al pensar en el auge y caída del Muro de Berlín, quizá ninguna es tan profunda y relevante como la que tiene que ver con el mundo que nació a partir de los sucesos de ese 9 de noviembre. Después de todo, la apertura del Muro berlinés significó la caída del Telón de Acero. Esto, a su vez, jugó un rol crucial en el colapso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) –un par de años más tarde—, hecho que puso punto y final a la Guerra Fría, una era histórica caracterizada por la competencia a escala global de dos superpotencias –la mencionada URSS y los Estados Unidos de América (EU)— con características históricas, geopolíticas e ideológicas radicalmente opuestas.

Aunque no del todo precisa –en realidad, el Telón de Acero cayó el 2 de mayo de 1989, cuando el gobierno húngaro abrió su frontera con Austria—, la idea anterior es aceptada de manera universal: el 9 de noviembre de 1989 se cerró un capítulo de la historia y comenzó otro. Para los que seguimos en el planeta 25 años después –y, quizá aún más, para los que nacieron después de la caída del Mauer— es importantísimo entender lo sucedido en este cuarto de siglo y lo que esos hechos nos dicen sobre el mundo que se nos viene encima.

El mejor punto de partida para este análisis es, sin duda, el reconocimiento de que, aún hoy, el mundo no ha podido ponerse de acuerdo en el por qué de la caída del Muro y, en consecuencia, del colapso del comunismo en Europa y el consiguiente fin de la Guerra Fría. Los cuatro protagonistas más importantes –que también, en cierta manera, son los cuatro pilares del actual sistema internacional— ofrecen sendas interpretaciones de la historia, algo que –inevitable y crucialmente— afecta su conducta al día de hoy.

Comencemos por los europeos. Para los habitantes del llamado “Viejo Continente”, la principal causa de la caída del Muro fue la propia grandeza de su civilización. Los europeos, al fin y al cabo, pasaron decenas de siglos masacrandose entre ellos, siglos en los que la paz –como argumentó Sir Michael Howard en The Invention of Peace— era simplemente “el tiempo entre guerra y guerra”. Esta dinámica se intensificó con la irrupción geopolítica de Alemania tras su unificación en 1871, hecho que provocó una (o, mejor dicho, otra) gran guerra civil que duró hasta 1945, una especie de intento de suicidio continental cuyo nivel de brutalidad es solo comparable con su ídem de irracionalidad.

Mientras que existen pocas razones para cuestionar la interpretación anterior, la evolución política y económica de la mitad occidental del continente tras el final de la Segunda Guerra Mundial –caracterizada por una creciente prosperidad, la caída de las últimas dictaduras (España y Portugal) y el proceso de integración continental— hizo a muchos europeos pensar que, por fin, habían encontrado la llave de su historia. Mientras que cualquier estudiante de geopolítica reconocería que la caída del Muro y el fin de la Guerra Fría se debieron al desenlace de la batalla global entre EU y la URSS –una batalla decidida no por ideologías sino por las realidades geopolíticas de uno y otro país—, los europeos interpretaron que el Mauer cayó por la superioridad de su propia civilización, representada en el bloque pro-estadounidense en el continente. Si bien muchos podrían sugerir que la paz continental desde 1945 se debía a la ocupación estadounidense, el cansancio europeo –físico y mental— tras décadas de violencia y a la partición de Alemania –que regresó el reloj a 1870—, a los europeos todo esto les parecía un sinsentido: en el corazón de todo yacía el proyecto integracionista europeo. “La consigna de nuestra política post-1945, que nunca más nos haremos la guerra entre nosotros, alentó las esperanzas de los que construyeron la comunidad [europea]”, dijo Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea, en 1991. Ese objetivo, agregó, “ha sido conseguido”.

Más que cualquiera de las cosas anteriores, el proyecto europeo ofrecía unión, prosperidad, paz y relevancia internacional sin sacrificar identidades, idiomas, soberanías o nacionalismos. En esos esperanzadores años de finales de los 80, incluso la idea de una Alemania reunificada –algo que provocaba pánico décadas antes— parecía inofensiva al ser comparada con la última hazaña europea, la conquista de las fuerzas básicas que nos empujan a querer lo nuestro por encima de lo de los demás. Los europeos, quizá por la costumbre que causaban casi 500 años de preponderancia mundial, pensaron que habían resuelto los problemas más fundamentales del continente. Berlín, entonces, era solo el principio. Europa volvería a conquistar al mundo con el soft power de su internacionalismo, como ya lo hiciera antes con el hard power de sus armas, sus gérmenes y su acero.

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No todos los europeos, sin embargo, pensaban igual. La génesis del proyecto integracionista, en realidad, tuvo poco que ver con la arrogancia o el orgullo de la civilización europea y mucho más con la pura (y existencial) necesidad de evitar la repetición del pasado. Una guerra paneuropea más, y nadie viviría para contarlo. Estaba clarísimo.

La humildad de la que nació esa necesidad, no obstante, había sido borrada –al menos parcialmente— por el éxito indiscutible del proyecto europeo. Para mediados de los 80, la evolución del statu quo continental era tan radicalmente positiva que la primera mitad del siglo parecía un recuerdo lejanísimo y totalmente desconectado del presente. Esto afectó crucialmente tanto a la interpretación europea del 9-N como a las decisiones que se tomaron con respecto a Alemania, ignorando voces poderosísimas como las de Margaret Thatcher –que exclamó famosamente en 1989 “vencimos a los alemanes dos veces, ¡y ahora están de vuelta!”— y otros, que se oponían a la reintroducción geopolítica de la cuestión que había definido el destino del continente desde 1871.