El mundo después del muro (II)

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Publicado en el blog Periscopio de prensa.com

HAN PASADO CASI dos meses desde que publiqué la primera parte de “El mundo después del muro”. Circunstancias de todo tipo me lo habían impedido. En estos días ha pasado de todo, desde el rompimiento de 53 años de hielo entre Estados Unidos (EU) y Cuba hasta lo que otrora se consideraba imposible: la entrada de Palestina a la Corte Penal Internacional. Sin embargo, el marco geopolítico en el que vivimos continúa siendo el mismo: existe la sensación de que estamos entrando en una etapa nueva de las relaciones internacionales, una que las relaciones de poder a las que nos habíamos acostumbrado no alcanzan a contener o explicar. Esas relaciones fueron establecidas al comienzo de la última década del siglo XX, cuando el colapso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) dio paso a la primera era simultáneamente global y unipolar de la historia humana.

Esta última idea es fundamental para comenzar esta segunda parte por dos motivos. Primero, porque es bastante más precisa que el título de la serie: la caída del Muro de Berlín es importante en la medida que sirvió de prólogo al colapso soviético, que no ocurrió hasta 1991. En segundo lugar, porque esta entrega estará enfocada en la manera como los dos gigantes no occidentales –Rusia y China— interpretaron los eventos de 1989-1991.

Comencemos con los rusos. Aunque en retrospectiva el colapso de la URSS luce inevitable, lo cierto es que a comienzos de 1990 las cosas eran bastante distintas. A lo interno, el proceso que terminó con la fragmentación de un gigante geopolítico que iba del Báltico al mar de Japón es complejísimo y –aún hoy— extremadamente controversial. A lo externo, sin embargo, el resquebrajamiento del llamado “bloque comunista” evoca recuerdos muy amargos en la Federación Rusa, el Estado que heredó de manera oficial el legado de la URSS.

Vayamos al grano. Para los rusos, los eventos de hace un cuarto de siglo representan una mezcla de traición y humillación por parte del mundo occidental. Para finales de los 80, el liderazgo soviético había reconocido la insostenibilidad del statu quo. Más aún, había dado inicio a un ambiciosísimo proceso de reformas tanto interna como externamente. Es imposible saber si alguna, ambas o ninguna de esas cosas habrían funcionado. Lo importante es entender que, al reconocer sus problemas y expresar abiertamente su intención de remediarlos, la URSS, un monstruo en todos las dimensiones posibles, había dado un paso casi impensable para una potencia mundial.

El problema soviético, en cierta manera, no fue tanto su cambio de actitud sino la manera de manejarlo. Grosso modo, los rusos operaron bajo la premisa de que el bloque occidental entendería dos cosas fundamentales:

1- Que a nadie le convenía que la URSS dejase de existir, y mucho menos tras un colapso repentino. Para la seguridad y estabilidad del mundo, era necesario que la “comunidad internacional” cooperase en la transición interna soviética.

2- Que, más allá de lo que ocurriera, la URSS –o quien sea que la sucediese— no sería débil para siempre. En otras palabras, aún en el peor de los casos los intereses geopolíticos ruso-soviéticos –los mismos desde hace siglos— debían ser respetados para evitar futuros conflictos.

Todo esto era bien conocido por europeos y estadounidenses. Y sin embargo, muy poco después las promesas se convirtieron en mentiras, y los antiguos “amigos” comenzaron a hacer leña del árbol caído. La URSS colapsó y, al contrario de lo que sucedió al final de la última gran conflagración global, no hubo ningún tipo de Plan Marshall 2.0. Lo que había sido un imperio fue dejado a la deriva. La economía se derrumbó y el país entró en una crisis humana y social tan profunda que sus espeluznantes efectos constituyen heridas por las que aún sangra el corazón ruso. El desmadre de todo tipo que siguió al colapso soviético tuvo ramificaciones globales, con una cantidad infinita de armas –desde AK-47s hasta planos y materiales nucleares— saliendo en contrabando hacia todos los rincones del mundo.

La historia fue la misma con respecto a los intereses geopolíticos rusos. Cuando todo era color de rosa, los occidentales llegaron a prometerle a Moscú que la OTAN no iría más allá de la frontera oriental de la Alemania reunificada. Pero al poco tiempo la alianza militar comenzó a expandirse –fiel a su famoso propósito de “mantener a los estadounidenses adentro, a los alemanes abajo y a los rusos afuera”— y las puertas de la integración con Europa se cerraron a cal y canto.

Por si eso fuera poco, la gente a la que Moscú liberó de los nazis (la URSS sacrificó hasta el 15% de su población en la Segunda Guerra Mundial, mientras que, por ejemplo, EU perdió apenas el 0.42%) y apoyó por décadas se fueron a la cama con los occidentales sin siquiera mirar hacia atrás. Polacos, checos, eslovacos y húngaros pasaron a formar parte de la arquitectura transatlántica sin importar lo que pensaran en el Kremlin. Y como a perro flaco todo son pulgas, por largos años los rusos tuvieron que observar impotentes como Washington hacía y deshacía en los Balcanes, Afganistán y Medio Oriente. Mientras, cualquier movimiento suyo en su periferia –en Chechenia, y más recientemente en Georgia y Ucrania— causaba condena internacional. No es de extrañar, entonces, que Vladimir Putin haya catalogado el colapso soviético como “la mayor catástrofe geopolítica del siglo”. Para los rusos, escribió Jeffrey Engel en Los Angeles Times, la lección fue simple: “las promesas occidentales no valen nada. A Rusia solo se le respeta cuando se le teme”.

La historia le dio una bofetada a los rusos en toda la boca, demostrándoles que, en esto de la geopolítica, el que cede pierde. Así, la experienca del colapso soviético y lo ocurrido en las décadas siguientes –con un periodo débil y caótico bajo Boris Yeltsin y, a partir de 2000, una recuperación del orgullo, la fortaleza y la proyección internacional del país bajo Vladimir Putin— es fundamental para comprender la manera como el Kremlin interpreta al mundo de hoy y su propio lugar en él.

Pero vayamos a China, donde las duras lecciones que los rusos aprendieron hace 25 años se habían aprendido muchísimo antes. De hecho, China llevaba embarcada en un proceso de reformas desde 1976, cuando la muerte de Mao Zedong y la caída de la “Banda de los Cuatro” permitió a Deng Xiaoping y sus aliados en el Partido Comunista Chino (PCCh) comenzar un ambicioso programa de despegue económico.

Así, 1989 no agarró a los chinos mirando hacia afuera sino hacia adentro, preocupados por mantener el curso trazado a como diese lugar. “Se deben hacer todos los esfuerzos necesarios para prevenir que los cambios en Europa del Este influyan en el desarrollo interno chino”, declaraban oficiales del PCCh en marzo de 1989. Y así, en China ese año no es el de la caída del Telón de Acero sino el de la Plaza Tiananmen, donde el 3 y 4 de junio el PCCh demostró que iba en serio, y que China no seguiría el rumbo del bloque pro-soviético.

Un cuarto de siglo después, el chino es el único de los Gobiernos que enfrentaron protestas que aún sigue en el poder. Y no solo eso: es innegable que la modernización de China constituye el cambio geopolítico más importante desde la caída de la URSS, pieza fundamental de la nueva realidad global a la que nos enfrentamos. Para muchos expertos y académicos, incluso, China continúa su ascenso –o su retorno—hacia el liderazgo mundial, la posición que disfrutó por la mayor parte de los últimos dos milenios.