Entrevista: Walter Mignolo

Ilustración: Lowis Rodríguez

Ilustración: Lowis Rodríguez

Publicada, en dos partes, en La Prensa (aquí y aquí)

Para el académico argentino, el siglo XXI estará marcado por la confrontación entre la “desoccidentalización” y la “reoccidentalización” de las distintas regiones del mundo.

En un mundo cada vez más complejo, pocos pensadores se antojan tan imprescindibles como Walter Mignolo. Nacido en la provincia argentina de Córdoba, su recorrido intelectual abarca campos tan profundos como la literatura, la semiótica y la filosofía, e instituciones educativas que van desde la École des Hautes Études de París hasta la Universidad de Duke (Carolina del Norte, Estados Unidos), donde trabaja desde 1993.

Mignolo es una de las figuras centrales del pensamiento descolonial a nivel latinoamericano y mundial. En otras palabras, sus ideas nos permiten comprender hasta qué punto las nociones, ideas y valores occidentales –europeos y norteamericanos— determinan no solo nuestra manera de entender el mundo en general sino a nosotros mismos. Ante esto, el argentino enmarca las dinámicas globales de las últimas décadas como una confrontación entre “desoccidentalización” y “reoccidentalización”, reacciones de distintos bloques internacionales “al cierre del ciclo de quinientos años –de 1500 a 2000— en el que la civilización occidental se construyó y reinó sobre el planeta”. El siglo XXI, asegura, “estará marcado por estas dos tendencias en las relaciones interestatales”.

En esta entrevista, que resultó de un largo intercambio de correos electrónicos, Mignolo profundiza en sus ideas más importantes, examina la complejísima identidad latinoamericana y da un repaso a la situación mundial.

 

Acaban de realizarse unas elecciones en Brasil, con la victoria –estrechísima— de Dilma Rousseff. En un artículo anterior a ellas, usted escribió que los brasileños escogerían entre la “desoccidentalización” y la “reoccidentalización”, con consecuencias que van mucho más allá de las fronteras de ese país. ¿Podría ahondar en esto?

Desde el año 1500 hasta el 2000, el planeta asistió a la fundación histórica de la civilización occidental conjuntamente con su expansión: la emergencia de los circuitos comerciales del Atlántico –que significaron la destrucción de las grandes civilizaciones de Anahuac y Tawantinsuyu—, la masiva expropiación y apropiación de tierras y la explotación masiva del trabajo. La civilización occidental se fundó al mismo tiempo que fundaba la occidentalización del mundo.

A castellanos y portugueses siguieron holandeses, franceses e ingleses. El Tratado de Westfalia (1648), estableció un cambio en la historia interna de Europa que preparó el terreno para la Ilustración y la emergencia de la forma Nación-estado. Siguieron las revoluciones en Inglaterra (1688) y Francia (1789). Estos momentos asentaron la emergencia de la etno-clase burguesa, que desplazó del Gobierno a las monarquías y a la Iglesia. A partir del siglo XIX, principalmente Holanda, Francia e Inglaterra expandieron la occidentalización en Asia y África. Por otro lado, la Revolución Rusa (1918) y la victoria de Mao en China no fueron otra cosa que procesos de autooccidentalización, puesto que implementaron en ambos países el complemento occidental del liberalismo, que es el socialismo/comunismo.

Así las cosas, no fue hasta la Conferencia de Bandung (Indonesia), en 1955, que la hegemonía de la occidentalización comenzó a ser refutada. El lema de Bandung era “ni comunismo ni capitalismo sino descolonización”.

Pero hubo otra palabra que circuló en Bandung pero perdió fuerza. Esa palabra era “desoccidentalización”. En ese momento, ambas eran complementarias: descolonización significaba autonomía política y desoccidentalización significaba construirnos a nosotros mismos como autónomos del Occidente capitalista y del occidentalismo comunista en Rusia y en China.

Por otro lado, el cambio de política que introdujo Deng Xiaoping en China condujo también a reorientar la visión política: capitalismo sí, occidentalización no. Eso fue en los últimos 20 años del siglo XX. Hacia el año 2000 era claro ya que ambos estados no podían coexistir. En esos momentos la doctrina neoliberal de homogeneizar el mundo era ya conocida y rechazada, sobre todo después de la demolición de las Torres Gemelas y la invasión estadounidense a Irak.

Desoccidentalización, entonces, es la palabra que define la apropiación de la economía capitalista para asentar una política de autonomía con respecto a la occidentalización. La respuesta de EU a la emergencia desoccidentalizante fue la reoccidentalización. Es decir, el intento y el esfuerzo de retomar el liderazgo global que perdió durante el Gobierno Bush-Cheney, con la cooperación de Tony Blair en el Reino Unido.

¿Qué ocurre entonces en el resto del mundo y, en particular, en America Latina? Hoy América Latina, como el resto de los Estados “menores”, tiene dos opciones: alinearse con la desoccidentalización o con la reoccidentalización. Los países de la Alianza del Pacífico –Chile, Perú, Colombia y México— están claramente alineados con la reoccidentalización, aunque no sé cómo procederá Bachelet con el legado que le dejó Piñera. En tanto, Brasil –miembro de los BRICS—, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela están alineados con la desoccidentalización. Si Aécio [Neves] hubiera sido elegido presidente en Brasil, habría habido un vuelco radical, y de una enorme importancia para toda Latinoamérica, hacia la reoccidentalización, que es la tendencia de la derecha y la extrema derecha en la región.

 

Usted ha escrito que la modernidad europea tiene un lado oscuro, que es el colonialismo. ¿Cómo se entiende esta idea?

En realidad, el lado oscuro no es el colonialismo sino la colonialidad. El colonialismo es reprochable pero visible. E incluso a veces justificable: se le suele defender en nombre del progreso, el desarrollo y la civilización de los bárbaros.

La colonialidad es más siniestra. No se ve. Y, como el inconsciente en Freud o la plusvalía en Marx, no se hace visible hasta tanto surge una teoría que la pone sobre el tapete. La visibilidad de la colonialidad no surgió en Europa, sino en la región andina de América del Sur. Hoy es incorporada en las reflexiones de la mayor parte del mundo que fue colonizado, pero, claro está, tiene poca vigencia en Europa Occidental y en EU. La colonialidad es difícil de “sentir” cuando uno habita y se educa en los esplendores de la idea de modernidad. Por eso la colonialidad es el lado oscuro de la modernidad.

Pero es también un lado oscuro constitutivo: no hay modernidad sin colonialidad, por lo tanto, habría que hablar de modernidad/colonialidad. La barra une y separa ambas esferas. La modernidad no es un período histórico sino un relato, una retórica que promueve la salvación y el desarrollo, y que legitima la destrucción de todo lo que se le oponga, la expropiación de todo lo que se necesite y toda la explotación laboral que sea necesaria. Modernidad es la ficción que justifica las condiciones de vida en el planeta, y la injusticia, la desigualdad, la explotación y la muerte de seres humanos que éstas acarrean.

 

Para muchos historiadores, las potencias occidentales han hecho un esfuerzo considerable –consciente o inconsciente— en presentar su proceso y estilo de modernización como el único válido y aceptable. ¿Cómo encaja esta idea con las nociones de desoccidentalización y reoccidentalización?

El lado luminoso de la idea de modernidad es la contribución que la civilización occidental hace a la larga historia de las civilizaciones humanas. La civilización occidental es la más joven –apenas 500 años— y, a la vez, la única que logró imponerse sobre, e inmiscuirse en, el resto de las civilizaciones del orbe.

La civilización occidental se fundó sobre –y tiene como estructura subyacente— el patrón colonial de poder, que consiste en una retórica de salvación –conversión, progreso, desarrollo, democracia de mercado— y su lado más oscuro e invisible: la lógica de despojo y muerte para poder materializar las promesas de la modernidad. Por 500 años, Occidente fundó, transformó y se disputó internamente –de España, Holanda, Francia e Inglaterra a EU— las transformaciones y adaptaciones de ese patrón. La desoccidentalización dijo “basta”, y comenzó a disputar no el patrón colonial de poder sino su control. Quién tiene las riendas. Y esta es una de las razones fundamentales del desorden global que estamos presenciando.

La civilización occidental creó también una relato histográfico –Hegel, por ejemplo— que sirvió para remitir a todas las demás civilizaciones al pasado y a urgirlas a que se “modernizaran”. De modo que debemos reconocer las contribuciones de Occidente sin desmerecer las de civilizaciones como China, India o el mundo islámico, que coexistieron junto al auge de Occidente y, sobre todo, resistieron su intento de reprimirlas para dominarlas (como sucedió, en efecto, con las civilizaciones Aztecas, Mayas e Incas, e incluso con la memoria de los dos grandes genocidios sobre los que se asienta la civilización occidental y el relato de modernidad: el genocidio indígena y el genocidio afro).

La idea de modernidad y de desarrollo son factores compartidos por la desoccidentalización y a la reoccidentalización. Una manera de entenderlo sería diciendo que la desoccidentalización se apropió de la economía de acumulación que hace posible la autodeterminación política. Mientras, a la reoccidentalización no le conviene que eso ocurra. En realidad, ambas tendencias son reacciones al cierre del ciclo de quinientos años (1500-2000) en el que la civilización occidental se construyó y reinó sobre el planeta. Ese período concluyó, y el siglo XXI estará marcado por estas dos tendencias en las relaciones interestatales.

 

El ascenso de China supone el desafío más grande en los últimos dos siglos a la noción de que la modernidad europea es la única posible. ¿Qué consecuencias podría tener el ascenso geopolítico de China en cuanto a los valores que definen lo “bueno” y lo “malo” a nivel internacional?

Así es y así será: el retorno de China en la esfera global es sin duda un desafío para la occidentalización y la reoccidentalización. La civilización occidental definió sus –no “los”— valores de lo bueno y lo malo: democracia, capitalismo y libertad/individualismo. Naturalmente, y dado que la civilización occidental no es ni global ni mucho menos universal, lo que está ocurriendo es un despertar del sueño, de la anestesia en que Occidente y su idea de modernidad habían sumido a grandes sectores del planeta.

Lo que vemos en la desoccidentalización es precisamente eso, el decir “ya basta”. En China ha sido dicho por intelectuales, y por el propio [presidente] Xi Jinping, que un gobierno al estilo occidental es impensable. Por eso han surgido los debates en torno a un constitucionalismo confuciano. La multiplicación de Institutos Confucio, ya unos 150 o más en el mundo, surge de la necesidad de que no sean los Institutos Goethe, las Alianzas Francesas, los Institutos de Cultura Británica y “Americana” de EU que propaguen “sus” valores como si fueran “los” valores.

Vemos lo mismo con el Islam. ¿Por qué los Estados en los cuales la civilización islámica predomina deberían adoptar los valores occidentales? ¿Y por qué el Islam tendría que separar Iglesia y Estado cuando ese no fue nunca su problema sino el de Occidente?

Es indudable que el ciclo del predominio de la civilización occidental se cerró. Ese predominio se consiguió en gran parte por un tipo de economía sobre la que se asentaron los Gobiernos, la educación, la televisión y la propagación de la imagen de Occidente. Todo esto pasó a las manos de gentes que nunca quisieron –y ahora menos que nunca— ser manoseados y humillados en nombre de la democracia y del individualismo: en la actualidad existe una tendencia global fuerte que repudia el individualismo y todas sus consecuencias y, en cuanto a la democracia, la cuestión es crear condiciones para gobiernos justos, sociedades armónicas y equitativas. Y la democracia no es la única manera de hacerlo. De hecho, en nombre de la democracia se han llevado a cabo las guerras más destructivas del planeta en los últimos doscientos cincuenta años.

 

Ya que hablamos tanto de Occidente, ¿somos los latinoamericanos “occidentales”?

Si seguimos la división del planeta establecida por el Papa Alejandro VI a finales del siglo XV, el continente que habitamos se encuentra en el hemisferio occidental. El término “Latinoamérica”, por otro lado, surgió en los procesos de occidentalización: Francia, con la colaboración de criollos en las repúblicas hispanoamericanas, inventó la “América Latina” para avanzar su proyecto imperial y confrontar la expansión hacia el sur de EU después del Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848). Así, la población de ascendencia europea –criolla, mestiza o inmigrante de Europa a partir de finales del siglo XIX— ha sido educada en los valores de Occidente.

Al mismo tiempo somos “occidentales marginales” o “casi occidentales”, en la distribución de Samuel Huntington, que concibe a América Latina como una civilización en sí misma. Huntington redefine la civilización occidental para incluir en ella a Nueva Zelanda y Australia.

Y eso no es todo. Quienes habitan Abya Yala –los pueblos originarios de todas las Américas— y quienes habitan La Gran Comarca –afrodescendientes—, están en el hemisferio occidental (que es una invención estadounidense para autodeterminarse con respecto a Europa), pero su relación con la civilización occidental es distinta de la de la población de ascendencia europea: quienes descendemos de europeos, aunque seamos mestizos, llevamos la mejor parte [de la historia] en América del Sur, Central y el Caribe. En otras palabras, los pueblos originarios y los afrodescendientes llevan hoy las memorias de dos genocidios de los que los descendientes europeos nos hemos beneficiado.

 

Como usted ha planteado, el mundo de hoy parece dividido entre las potencias occidentales –EU y sus junior partners— y un grupo de potencias dispuestas a desafiar la arquitectura geopolítica establecida por éstas. Se habla de los BRICS, pero existen varias situaciones que podrían considerarse por separado. Comencemos por China y Rusia ¿Cómo interpreta usted el ajedrez internacional en este sentido?

Como siempre, consideremos primero la historia del orden mundial moderno/colonial: Rusia se constituyó como tal de forma paralela a Occidente. Hacia 1550, Iván el Terrible sube el trono al mismo tiempo que Elizabeth I en Inglaterra y Felipe II en Castilla. En aquel momento, Inglaterra le disputaba el liderazgo mundial a Castilla, y la Leyenda Negra sirvió a estos propósitos. Casi dos siglos más tarde, tanto Pedro el Grande como Catalina la Grande se autonombran “emperadores” y no zares, muestra de una voluntaria occidentalización. Crearon San Petersburgo, la ventana rusa hacia Europa.

Luego vino la segunda occidentalización rusa: la revolución de 1918. Y así, tres décadas después, la Guerra Fría obligó al mundo a alinearse en una u otra tendencia de la occidentalización, la liberal o la socialista/comunista, ambas hijas de la Ilustración.

El fin de la Unión Soviética, y por ende de la Guerra Fría, fue para Occidente un momento de esplendor y de miseria: de esplendor por la creencia de que a partir de ese momento la occidentalización reinaría hasta el fin. El momento de miseria, por otro lado, comenzó con la desoccidentalización: la disputa por el control del patrón colonial de poder que es la estructura subyacente, la fundación, de la civilización occidental.

Esta fue, y es, la política de Vladimir Putin. Lo vimos en Siria y lo estamos viendo en Ucrania. Y aquí lo que es importante no son los hechos sino el discurso que legitima las decisiones de Putin: un discurso en plena consciencia y conocimiento de las políticas de EU y la Unión Europea (UE). No son solo las acciones que disputan el control de la colonialidad del poder sino el discurso.

Rusia, además, está viendo a América Latina como uno de los pilares del orden mundial. Y aquí tanto Rusia como China se proponen desplazar 500 años de hegemonía europea y estadounidense: desoccidentalización y reoccidentalización en marcha. Pero esto ya no es la Guerra Fría: aquella era pura occidentalización, una pelea de familia, con parientes descarriados. Esto ya es otra cosa: la desoccidentalización no es ya ni comunismo ni capitalismo (neo)liberal.

Ahora China. Hasta la Guerra del Opio, China había continuado su milenaria historia sin prestar mucha atención a lo que consideraban –justamente, en relación a su propia civilización— los bárbaros al oeste. Esa guerra, entonces, no solo fue una gran sorpresa sino una gran humillación. Los chinos se dieron cuenta que los bárbaros al oeste desequilibraron su estructura civilizatoria.

A todo esto hay que añadir un par de cosas. Primero, que Japón se percató de las consecuencias de la Guerra del Opio e inició la Restauración Meiji, que lo puso en una trayectoria voluntaria de occidentalización. Esto nos lleva a otro momento humillante para China, la derrota en la guerra sinojaponesa de 1895. Finalmente, en 1898 EU despoja a España de sus últimas colonias.

Así, Japón y EU emergen como dos jóvenes actores que entran a disputarle el control del patrón colonial de poder a Europa Occidental, que lo había creado y manejado hasta ese momento. Japón se envalentonó y venció a Rusia en 1905, y este fue un momento de enorme confianza en toda Asia: la “raza amarilla” (según los valores y clasificaciones de Occidente) había derrotado a la “raza blanca”. Vista desde Asia, Rusia era blanca. Vista desde Francia, Inglaterra y Alemania, Rusia era eslava y ortodoxa, además del “atraso” de su escritura cirílica.

Esto nos devuelva a China. A partir de este momento, hay una una larga historia bifurcada: Sun Yat-sen propone un “pan-asianismo”, enfrentando a Occidente, y lo propone nada menos que en Japón. Pero la cuestión fue por otro lado. Chiang Kai-shek sucede a Sun, las cosas se complican y Mao Zedong derrota a Chiang, que emigra a Taiwán. Mientras, Mao voluntariamente occidentaliza a China, importando el marxismo-leninismo. Al final de la era Mao, Deng Xioping –asesorado por [el líder singapurense] Lee Kwan-yew— cambia el rumbo e inicia la desoccidentalización político-económica.

China y Rusia, entonces, tiene un elemento muy fuerte en común: ambos sufrieron de distinta manera la incursión de Occidente en sus historias locales, pero fundamentalmente fueron objeto de la “diferencia imperial”, la racialización que es un arma fundamental de la occidentalización. Para poder dominar, es necesario rebajar y devaluar, y tanto Rusia como China fueron racializados. Así, aunque no fueron colonizados como India, África o Brasil, tampoco escaparon a la colonialidad.

La colonialidad no necesita del colonialismo. Esto lo vemos hoy en EU, que ya no opera a la manera del colonialismo europeo sino mediante finanzas, imagen televisiva y cinematográfica y producción de guerras. Rusia y China disputan el control de la colonialidad del poder mediante otros medios: no inician guerras sino que operan mediante las finanzas y las inversiones estatales, además del lobby con estados “menores”.

 

Dentro de esto, India parece ser una pieza clave. Narendra Modi ha visitado Japón y EU, y recibió a Xi Jinping, en cuestión de un par de meses. ¿Hacia dónde va el elefante?

Es una cuestión abierta, como la de Bachelet en Chile. Seguirá Bachelet la política inicial de la Alianza del Pacífico o tenderá más a Mercosur? ¿O jugará a dos bandas? Modi es, por el momento, incertidumbre. No se sabe para qué lado tirará, si para Japón-EU –reoccidentalización— o si se unirá con China y Rusia a la desoccidentalización).

Por el momento Modi está jugando a una política de equilibro con Japón, EU e Israel pero, por otro, también está cumpliendo su rol de miembro de los BRICS. Sin duda, EU y Japón tratarán de persuadir a Modi de que se salga.

Estemos atentos a los movimientos de Modi, pero también a lo inesperado en el terremoto global de larga duración en el que estamos metidos. Y no olvidemos que están los MINT (México, Indonesia, Nigeria y Turquía) menos México. Es decir, de los MINT, México esta claramente en la reoccidentalización (y en la más notable corrupción en un Estado sin ley). Los demás muestran ya una clara tendencia desoccidentalizante. Modi seguro lo sabe. Veremos pues.

 

Otra pieza clave parece ser Alemania. A casi un cuarto de siglo de la unificación y con los problemas actuales de la arquitectura político-económica en Europa, se especula con que Berlín podría convertirse en la tercera pata de una alianza con Rusia y China, unida por las llamadas “nuevas rutas de la seda”…

Alemania es otra incógnita. Por un lado, sus relaciones con EU son de relaciones públicas y de intereses pero no está claro que Alemania se la juegue por ese lado. Alemania está metida en la reoccidentalización por historia. Al mismo tiempo, sus relaciones con Francia e Inglaterra (el corazón de la Unión Europea) son también de reticencias. De modo que no se puede descartar que Alemania se una comercial y políticamente a Rusia y China.

En última instancia, Alemania está alimentada por la memoria de Occidente (los legados de la Grecia Antigua, sobre todo) mientras que China y Rusia no lo están. Dicho eso, para Alemania la unión con China y Rusia sería un paso importante hacia su propia desoccidentalización, y contribuiría a forjar un orden mundial multipolar no sólo económica y política sino también culturalmente. Contribuiría a reducir la civilización occidental a su propia medida: una gran civilización entre muchas, pero no la mejor ni la preferible para todos y todas.

Digamos, finalmente, que el orden global multipolar no sería una especie de retorno al orden pre-1500: será la reemergencia de civilizaciones heridas y devaluadas por Occidente, incorporando y sobrepasando las pretensiones homogeneizadoras de Occidente. La descolonialidad no disputa el control del patrón colonial de poder, sino que apunta hacia un orden global en el que la colonialidad del poder sea un capítulo sórdido de la historia, creado por Occidente.

 

Todo esto lleva a otro tipo de consideraciones con respecto a potencias de menor envergadura pero de enorme importancia, como Turquía, Irán, Pakistán, Arabia Saudita y otras…

En cuanto a Turquía, uno de los primeros gestos del Primer Ministro Recep Tayyip Erdogan después de su reciente elección fue visitar la tumba de Suleiman el Magnífico, y no la de Mustafa Kemal Ataturk.

Ataturk fue el colaborador por excelencia de la occidentalización. Adoptó con todas sus fuerzas la idea del Estado-Nación, y se lanzó al exterminio armenio. Suleimán el Magnífico fue el equivalente de Carlos V y también su rival. Así, Carlos V quedó en la fundación de la civilización occidental, mientras que la herencia de Suleimán fue paulatinamente tragada por la occidentalización hasta que el Sultanato Otomano sucumbió después de la Primera Guerra Mundial.

Resulta bastante claro en este momento que Irán, que ya tiene un corredor islámico hasta Malasia e Indonesia, además de su fuerte islamismo (lo cual no quiere decir que toda la nación lo sea, pero si el Estado y aquí estamos hablando de políticas estatales, no de lo que piensa la gente), también lleva la desoccidentalización ideológica en la fundación de la República Islámica.

China, por otro lado, ya comenzó grandes inversiones en Pakistán. [El primeri ministro pakistaní] Nawaz Sharif ya tuvo conversaciones significativas con Xi Jinping. Ahora bien, esto puede crear tensiones entre China e India y alejar a India de los BRICS si China apoya a Pakistán. Pero no olvidemos que en todo esto hay siempre dos niveles: las relaciones públicas y los intereses estatales en las alianzas internacionales.

En cuanto a Arabia Saudita no parece tener una política estatal más allá de los intereses privados de la dinastía en el poder. No obstante, el tsunami hoy en Medio Oriente puede llevar a Arabia Saudita a tomar partido en el ajedrez global.

 

Saliendo de la masa euroasiática está Brasil. Más allá de ciertas nociones en común en cuanto a la necesidad de cambiar la arquitectura internacional, ¿no cree que la gigantesca distancia que separa a Brasil de Eurasia es demasiada como para que haya mucho más en común?

En los BRICS hay dos clases de Estados: China y Rusia no fueron colonizados pero no escaparon a la colonialidad, mientras que Brasil, India y Suráfrica sí fueron colonizados. Los cinco fueron racializados, y esto es lo que tienen en común: pertenecer a los seres menos humanos en el planeta, a distintos niveles escalares.

Lo que tiene en común Brasil con los otros cuatro (y con varios de los Estados en América del Sur y Central) es su tendencia a la autonomía desoccidentalizante. Cuando Dilma Roussef fue criticada después de la ultima reunión de los BRICS en Brasil (en julio) por apoyar la creación de un banco BRICS que se opondría al FMI y al Banco Mundial, dijo que el banco no era contra nadie sino “por y para nosotros” . Lo interesante de todo esto es que la autonomía política y económica de estos Estados que tienen en común la colonialidad permite, al mismo tiempo, la autonomía de sus memorias, culturas, formas de ser y de hacer. Ya no podemos pensar que el orden mundial futuro se hará por contigüidad territorial o por compartir memorias y lenguas.

 

Entonces, ¿es lo suficientemente esta idea de “anti-statu quo” para alinear los intereses de las potencias no occidentales del planeta?

¡Ahí esta el punto que mencioné refiriéndome a Roussef! No es una tendencia “anti”, es una tendencia “por”. No se trata ya de resistir sino de reexistir. La resistencia es corta, puesto que no tiene nada que proponer. Se opone a lo que está pero no asienta y crea nada.

La desoccidentalizaición no es anti-reoccidentalización sino desprendimiento de ella. Diríamos que la reoccidentalización es la que hoy resiste a la desoccidentalización, que la obligó a reformular la larga trayectoria de la occidentalización. Por el momento estamos en el tumulto, y por eso el pensamiento descolonial es crucial porque nos permite entender lo que está pasando sobre la base de quinientos años de occidentalización y colonialidad del poder, y de sus dos consecuencias actuales: re- y desoccidentalización. La desoccidentalización no es resistencia sino reexistencia, reemerger, resurgir tanto política como económica y culturalmente.

Lo importante aquí no es esperar “quien va a ganar”, sino que las tres trayectorias coexisten y coexistirán por largo tiempo. La cuestión es acostumbrarnos a la coexistencia y desengancharnos de la expectativas de que habrá un ganador que regirá el mundo. Eso ya no es posible para nadie.

 

Como latinoamericano viviendo en EU, quería preguntarle dos cosas. Primero, ¿cómo cree que EU manejará su pérdida relativa de influencia global?

Ya lo estamos viendo. Lleva mucho tiempo diciéndose en el Este Asiático, al menos desde 2007 o 2008, que el mayor peligro para la paz global no es Irán o Corea del Norte sino EU y la UE. Lo comprobamos hoy con Siria, Ucrania y el Medio Oriente, muy complejo todo.

La pérdida de privilegios no es fácil de aceptar. No es fácil aceptar que la colonialidad del poder ya no se digita en EU con el apoyo de la UE. Aunque suene paradójico, hoy la política global pacífica la están llevando adelante Rusia y China. Ninguno de los dos está involucrado en promoción de guerras, que es la política del Pentágono desde 1965 aproximadamente.

Dicho esto, no es que toda la nación estadounidense apoye esta política. Puede que sea la mayoría todavía, pero recordemos lo ocurrido con Vietnam y con el escándalo de Irán-Contra. Esa política militar, que comenzó en 1898 y que se convirtió en el pilar de la política exterior estadounidense, seguirá en el proceso de pérdida de los privilegios amasados durante quinientos años de occidentalización, y del intento de conservarlos mediante la reoccidentalización.

 

Segundo, alguna vez le leí que para entender las relaciones entre EU y Latinoamérica era vital considerar la “leyenda negra” y las distintas narrativas intraeuropeas de la época colonial. ¿Podría explicarme esto y como sigue determinando las relaciones hemisféricas?

España colonizó América del Sur, Central y Caribe e Inglaterra América del Norte. La guerra hispano-Americana de 1898 sirvió a EU para revivir, con otro lenguaje, la “leyenda negra” que se había instalada en Hegel: Norteamérica –por su herencia británica y nórdica— representaba el futuro, Suramérica –colonizada por españoles y portugueses— tierra de caudillos y de barbarie. Ahí está la genealogía oculta de la leyenda negra en la distinción norte y sur del hemisferio occidental.