Hong Kong: ¿protesta o pataleta?

Ilustración: Lowis Rodríguez

Ilustración: Lowis Rodríguez

Publicado en La Prensa

La situación en la excolonia británica puede estar más motivadas por el ascenso económico chino que por el tema de la democracia

LAS MAYORES PROTESTAS de los últimos 17 años en Hong Kong llevaban tiempo cocinándose. En mayo de 2011, un quinceañero llamado Joshua Wong fundó el movimiento estudiantil Scholarism, al que lideró en las manifestaciones, un año más tarde, en rechazo a las intenciones del Gobierno central chino de introducir la “educación patriótica” en las aulas hongkonesas. Poco después, en enero de 2013, Benny Tai, profesor de derecho en la Universidad de Hong Kong, propuso una campaña de desobediencia civil no violenta en el distrito financiero de la ciudad –llamado Central— en caso de que Beijing impidiese la implementación del sufragio universal en las elecciones de 2017, en las que se escogería al próximo Jefe Ejecutivo de la región autónoma. Ese marzo, y bajo su liderazgo, nació el movimiento Occupy Central with Love and Peace (OCLP).

El 31 de agosto, Beijing le dio a Hong Kong una de cal y una de arena. El próximo Jefe Ejecutivo sería escogido –por primera vez— a través del voto de todos los hongkoneses, pero los candidatos serían pre-aprobados por un comité controlado desde la capital. La decisión cayó muy mal en OCLP –que anunció el inicio de su campaña para el 1 de octubre, día nacional chino—, pero cayó aún peor entre los estudiantes universitarios. Liderados por la Federación de Estudiantes (HKFS), el 22 de septiembre boicotearon sus clases –por una semana— y pasaron los días siguientes protestando en las calles. El día 26, Scholarism trajo consigo a los estudiantes de secundaria, y ahí las cosas comenzaron a salirse de control. Esa misma noche, Wong y otros líderes estudiantiles fueron arrestados.

La situación continuó empeorando y explotó el domingo 28, cuando la policía hongkonesa reprimió duramente a los estudiantes, atacándolos con gases pimienta y lacrimógenos mientras estos se protegían con paraguas. En medio de una indignación generalizada, OCLP anunció que adelantaba el inicio de su campaña, cuyos objetivos eran la renuncia del Jefe Ejecutivo, CY Leung, y la modificación de la decisión con respecto a los candidatos de 2017. Decenas de miles de personas salieron a protestar, paralizando el centro de una de las megaciudades del mundo, y produciendo espectaculares imágenes que nos han asombrado a todos.

Al momento de escribir este análisis, la situación continúa sin resolverse. Los manifestantes continúan en las calles, mientras que Beijing ha condenado las protestas y descartado cualquier posibilidad de modificar el marco electoral. Por otro lado, el jueves CY Leung rechazó un ultimátum de los estudiantes, que amenazaron con ocupar los edificios gubernamentales si no presentaba su renuncia. Y tras unos días relativamente pacíficos, ayer el South China Morning Post (SMCP) hablaba de 18 heridos y 19 arrestados en “enfrentamientos tras una noche de caos”.

 

La democracia en Hong Kong

Como sucede con todos los movimientos de protesta –especialmente en la era de las redes sociales—, el que sacude hoy a Hong Kong –llamado “Occupy Central” (OC)— puede ser analizado de distintas maneras. A un nivel inmediato, quizá lo primero que hay que saber es que OC representa un desafío para Beijing no por su tamaño o alcance sino por sus objetivos. La transformación política que intenta alcanzar es, en la actualidad, completamente inasumible para el Gobierno central chino.

Para entender esto, es necesario ir de menos a más. Comencemos por Hong Kong, cuya soberanía fue devuelta a China en 1997, tras 155 años de dominio colonial británico. Como parte de los acuerdos de devolución –negociados en la década de los 80—, China accedió a conceder un “alto grado de autonomía” a la región, cuyos ciudadanos gozaban no solo de un sistema económico capitalista sino de una serie de libertades y derechos –entre los que no figuraba la democracia— que aún no existían en el resto de la República Popular China (RPC). Beijing accedió a dejar el sistema hongkonés intacto por 50 años, e incluso a aumentar gradualmente la autonomía política de la región con el “objetivo final” de que los Jefes Ejecutivos fuesen elegidos mediante sufragio universal. Las condiciones en las que Hong Kong se reincorporó a China están contenidas en la llamada Ley Básica y fueron resumidas en la frase “un país, dos sistemas”.

A partir de ahí, el tema se vuelve una batalla de interpretaciones. Para algunos, la Ley Básica promete el sufragio universal sin condiciones, y aunque claramente no establece un calendario, creen que 17 años de espera han sido suficientes. Beijing, creen los llamados “pro-democracia”, ha respetado la letra de la Ley pero no su espíritu. La RPC, entonces, debe reconocer y honrar las aspiraciones de los hongkoneses de elegir libremente a sus líderes.

En la otra esquina están los que, basados en el texto de la Ley –que habla del comité seleccionador de candidatos— y en otros documentos históricos, sostienen que la RPC nunca tuvo la intención de abrir por completo el sistema electoral hongkonés. De hecho, sostienen algunos expertos, la inclusión de un comité que diera el control final al Partido Comunista (PCCh) –como contrapeso al “alto grado de autonomía” al que estaba accediendo— era tan importante para Deng Xiaoping, que en sus negociaciones con Margaret Thatcher amenazó con invadir Hong Kong si a los británicos se les ocurría democratizar a la colonia y dejarle el problema a Beijing. Así, sostienen, lo que en realidad ha sido un mantenimiento impecable de la promesa china está siendo desfigurado y vendido al mundo como todo lo contrario.

 

Los pragmáticos

Esta división de interpretaciones ha resultado en una sociedad dividida. Mientras que las imágenes recientes podrían llevarnos a la conclusión de que todos los hongkoneses se oponen a las propuestas chinas, la situación es más compleja que eso. En los últimos días, una gran cantidad de analistas y líderes de opinión han escrito columnas en las que critican con dureza a los líderes de las protestas. “El problema es que (…) han sacado al genio de la lámpara, y ahora no tienen idea de cómo continuar. (…) Nadie sabe como termina esto”, escribió Alex Lo en el SCMP.

La renuncia de Leung, señaló Lo, no logrará nada en vista de que su reemplazo será escogido de la misma manera que él, o sea por un comité controlado por Beijing. Con respecto a las reformas electorales, agregó, no hay nada más sobre la mesa: la oferta de Beijing es final, y encima incluye la anhelada introducción del sufragio universal.

Y esto es solo un ejemplo de las múltiples voces que se han alzado para ofrecer una visión más pragmática de lo que ocurre. “Las manifestaciones que han logrado cambiar gobiernos –en Egipto, Túnez y Ucrania— han hecho más daño que bien. Salir a las calles es correcto, pero solo en ciertos casos”, escribió Peter Kammerer. Para él, el sufragio universal no se obtiene en las calles sino con “cabildeo, convencimiento y tiempo”. Para el profesor Daniel Bell, de la Tsingua University, Hong Kong es “el experimento más importante de reforma política [en China]. Pero el sistema supone que el Gobierno central tiene el poder de determinar lo que funciona y lo que no. Si se amenaza ese poder, el experimento puede acabarse”.

Las opiniones anteriores, además, parecen verse reflejadas en la población hongkonesa. Cuando una alianza de grupos pro-democracia llevó a cabo un referendo extraoficial –en el que participó hasta el 20% del electorado— en el que se ofrecían distintas propuestas electorales, la más votada fue una en la que el público, los partidos políticos y un comité especializado escogían a los candidatos. Múltiples encuestas llevadas a cabo antes de septiembre mostraban que más de la mitad de los hongkoneses no apoyaban a OC, y que la misma proporción estaba dispuesta a aceptar el marco electoral propuesto por Beijing. De hecho, uno de los cofundadores de OC, Chan Kin-man, declaró el 2 de septiembre que el movimiento estaba “cerca del fracaso”.

En cierta manera, nada de esto es sorprendente. Por un lado, es innegable que los hongkoneses pasaron 155 años viendo como sus gobernadores eran elegidos desde Londres, por lo que –les guste o no— la únicas nociones democráticas han sido introducidas en el contexto de la devolución a China.

Por otro, una gran proporción de la población es capaz de ver la situación en perspectiva. Más allá de las luchas internas –Xi Jinping se encuentra en plena consolidación de poder— y la importantísima transición económica del país, es fundamental entender que la situación en Hong Kong –y cualquier concesión hecha desde Beijing al respecto— puede crear un efecto cascada con respecto a dos de las pesadillas del PCCh: el separatismo de las regiones periféricas –Tibet y Xinjiang, principalmente— y la demanda de reformas políticas en el corazón del país (lo que ha llevado a uno de los mayores esfuerzos de censura online de la historia del país). Finalmente, cualquier inconveniente con el modelo hongkonés repercute directamente en un asunto fundamental para la RPC: la unificación con Taiwán. Aunque su mención es controversial, es un secreto a voces que el modelo “un país, dos sistemas”es la base de la solución que Beijing le ofrecería a Taipei para resolver un conflicto que ya supera los 65 años.

 

Más que política

La democracia es apenas la capa más superficial de lo que está ocurriendo en Hong Kong. El descontento casi unánime con los gobiernos post-1997 –todos nombrados desde Beijing— ha llevado a la percepción de que el problema puede ser resuelto mediante reformas democráticas. Pero el problema es mucho más profundo. En el fondo, lo que molesta al hongkonés es la gradual erosión de la singularidad de su ciudad. Hong Kong, en otras palabras, es cada vez menos competitiva, cada vez menos especial y, por ende, cada vez menos próspera.

Para muchos hongkoneses, el problema ha sido el influjo de gente del resto del país, un fenómeno que ha aumentado los precios y alterado el orden de las cosas. De acuerdo a algunas encuestas, “el sector más afectado con la situación no es el de estudiantes ni activistas políticos sino los buscadores de empleo, que sienten el impacto de los inmigrantes del resto del país”. Según este argumento, Hong Kong se parece cada vez más al resto ciudades chinas, por lo que se hace urgente la preservación de su carácter a través de la elección democrática de un líder que defienda sus intereses.

El problema con este argumento, no obstante, es que deja por fuera cosas muy importantes. En un magnífico artículo en The Guardian, el autor Martin Jacques explica que la era dorada hongkonesa se dio en las dos décadas anteriores a la devolución, justo cuando Deng Xiaoping comenzó a reformar la economía china. En otras palabras, el éxito de Hong Kong se debía a la inmensa diferencia entre sus sistemas y los de la RPC. Así, la ciudad se convirtió en la puerta perfecta a China, atrayendo a decenas de bancos y multinacionales que deseaban acceder al mercado más grande del mundo. “Hong Kong se enriqueció gracias a los chinos, no a los británicos”, concluyó.

La prosperidad que eso trajo a los hongkoneses, sin embargo, alimentó una acititud de desprecio hacia el resto del país. Y esa actitud ahora se ve confrontada por el increíble crecimiento chino. Sí, Hong Kong se está convirtiendo en otra ciudad china, pero no porque haya bajado su estatus sino porque el de las demás ha subido. Si antes la ciudad era el centro financiero por excelencia, ahora pierde importancia frente a Shanghai. De ser de lejos el puerto más grande del país, ha sido superado por Shanghai y Shenzhen, con Guangzhou en camino a hacer lo propio en breve. Donde antes se hallaban turistas occidentales, hoy se ven visitantes chinos, muchos con mayor nivel económico que los locales.

Las protestas que sacuden a Hong Kong, entonces, son un producto natural del choque de trenes que supuso la devolución del territorio a manos chinas. La disparidad de sus respectivas realidades –tras 155 años de separación— era simplemente demasiado grande como para esperar un futuro sin problemas. Y si bien estos han terminado apareciendo, el hecho de que hayan tardado 17 años en producir protestas a esta escala dice mucho del manejo chino de la situación. Ambas partes tienen un desafío enorme por delante, pero el de los hongkoneses quizá sea el más complicado. Como escribió Jacques, “saben que su futuro está indisolublemente unido a China, pero eso no quiere decir que lo hayan aceptado”.