Lo que podemos aprender (en Panamá)

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Publicado en el blog Periscopio de prensa.com

HACE UNA SEMANA, tuve la oportunidad de exponer los contornos básicos de lo que –en mi opinión— podría ser una Gran Estrategia para Panamá, una que armonizara las realidades de nuestra situación geopolítica con nuestra búsqueda de soberanía. Grosso modo, ésta constaba de tres partes principales, todas necesitadas de una revolución: educación, diplomacia e inteligencia. Siendo la primera un tema absolutamente fundamental y básico para cualquier Estado, pensé que podría ahondar un poquito más en las otras dos. Aprovechando que estoy en Tocumen esperando un vuelo, mencionaré una serie de ejemplos en los que una mezcla de diplomacia y uso eficaz de los servicios de inteligencia ha servido para mantener o mejorar las posiciones geopolíticas de algunos países. Dicho eso, es importante tener claro dos cosas:

1. La idea del post es ser breve, no analizar a fondo (y mucho menos juzgar) la política exterior de ningún país.

2. De ninguna manera estoy sugiriendo que Panamá debería imitar ninguna de las tácticas mencionadas a continuación, o aspirar a ser como ninguno de los países que mencionaré. Cada Estado goza de condiciones geopolíticas distintas, y por tanto sus geoestrategias –y las tácticas que emplean para ejecutarlas— responden a situaciones únicas.

 

Ok. Volvamos a nuestro tema. Al pensar en diplomacia e inteligencia, lo normal es que se nos vengan a la mente una serie de casos clásicos:

–Rusia, por ejemplo, tiene un nivel tan alto en ambas cosas que, aún contando con una situación geopolítica históricamente difícil, y con condiciones económicas, militares y demográficas significativamente inferiores a las de Estados Unidos (EU) o China, se proyecta al mundo como una potencia mundial en toda regla.

–El Reino Unido, cuya estrategia consiste en mantener el balance entre las potencias del “Continente” y EU, manejó su declive imperial con tal maestría que hoy conserva no solo su puesto en la élite mundial –Consejo de Seguridad de la ONU, Unión Europea, OTAN y un largo etcétera— sino incluso algunas de sus posesiones de ultramar (entre las que destacan las Islas Malvinas, el motivo por el que viajo a México).

–Francia se ha mantenido por décadas como el líder diplomático y militar de Europa. Su posición relativamente independiente con respecto a EU –léase Charles de Gaulle o la negativa a participar en la invasión a Irak en 2003— le ha dado cierto caché internacional, ha opacado verdaderas historias de terror (por decir algo decente) como su relación/historia con Haití o la guerra de independencia argelina, y es quizá la única potencia europea que aún cuenta con una “zona de influencia” en el África subsahariana, en la que interviene militarmente casi a voluntad.

–Turquía, en el eje entre Asia y Europa, ha sabido utilizar su singular posición geopolítica –especialmente en la era Erdogan/Davutoglu— para convertirse en un actor esencial tanto en Medio Oriente como a nivel europeo. Aunque aún está lejos de su verdadero potencial –que solo irá en aumento—, ya es uno de los países imprescindibles del actual orden global.

 

Los cuatro ejemplos anteriores son, en todo caso, potencias como mínimo regionales. Sus sociedades llevan siglos acostumbradas a las Grandes Ligas internacionales, y sus élites políticas entienden lo que significa servir a naciones que llevan siglos jugando al máximo nivel.

En otro orden, sin embargo, existen Estados que, sin tener el pedigrí ni las dimensiones económicas, demográficas o militares de las grandes potencias, explotan sus fortalezas con gran eficiencia:

–El caso por excelencia es, por supuesto, Israel. Con poco más de ocho millones de habitantes –de los cuales el 21% son árabes—, el Estado judío tiene un ejército formidable y muy superior al de cualquiera de sus vecinos, un servicio de inteligencia de alcance mundial –y de reputación legendaria— y una influencia internacional infinitamente mayor que la que le correspondería por sus dimensiones geopolíticas (especialmente en EU, donde su lobby es quizá el más poderoso del país, y donde el Congreso es más pro-israelí que la misma Knesset). Incluso tomando en cuenta la peculiar naturaleza multi-nacional-étnica-lingüística del pueblo judío –algo especialmente importante para sus servicios de inteligencia externa—, éstos suman apenas entre 14 y 18.5 millones de almas en el mundo entero. Uno podrá opinar lo que quiera sobre las políticas israelíes –y en este blog lo hemos hecho a destajo—, pero no se puede negar que poseen una diplomacia y una inteligencia de un nivel estratosférico y ciertamente envidiable.

–Suecia y Suiza son casos ultraconocidos de naciones pequeñas que han logrado cimentar una reputación de neutralidad, una de las cosas más difíciles de hacer en las relaciones internacionales. Particularmente, han encontrado un nicho en casos en los que EU es parte del conflicto o es considerado como demasiado cercano a una de las partes. Tras una larga historia de mediación en conflictos y neutralidad –llevando intereses de países que no tienen relaciones diplomáticas—, hoy los suizos llevan los intereses estadounidenses en Cuba e Irán, los intereses cubanos en EU, los intereses iraníes en Egipto y los intereses de Georgia en Rusia y viceversa. Los suecos, por su parte, representan consularmente a EU, Canadá y varios países de Europa Occidental en Corea del Norte, aparte de llevar los intereses británicos en Teherán en las numerosas ocasiones en las que el Reino Unido e Irán han roto sus relaciones.

–Hablando de las Coreas, otro ejemplo fascinante es el de Pyongyang. A través de una complejísima y arriesgadísima estrategia diplomática y militar, los norcoreanos han logrado convencer al mundo de que son simultáneamente débiles, feroces e irracionales. Eso, por supuesto, encierra a la comunidad internacional en tres supuestos encadenados –que “van a caer solos” (débil), por lo que “es mejor no provocarlos” (feroz) ya que, además, “son capaces de cualquier cosa” (irracional)— que han permitido la preservación del régimen más totalitario, cerrado y opresivo del planeta, una especie de estalinismo hereditario que supera ya las seis décadas de existencia.

–Pakistán, por su parte, constituye otro caso digno de estudio. Atrapado en la contradicción de ser un Estado secular creado exclusivamente para un grupo religioso –los musulmanes indios—, su turbulenta historia ha convertido a las Fuerzas Armadas en la roca sobre la que se asienta el país. Pakistán, en pocas palabras, no es un país con un ejército sino lo contrario (aún ahora, cuando los gobiernos civiles parecen haber adquirido cierta continuidad). Y dentro del ejército, su poderosísimo servicio de inteligencia –el Inter-Services Intelligence, o ISI— es el actor principal. Gracias a su profundísimo conocimiento –e incluso penetración— no solo de la militancia jihadista en Pakistán sino también en el vecino Afganistán –país cuyo control constituye un imperativo irrenunciable para el Estado pakistaní— , el ISI ha forjado una relación de amor, odio y necesidad con la CIA –forjada inicialmente al calor de la jihad afgana de los 80— que constituye la base de sus relaciones con EU y le proporciona al Gobierno miles de millones de dólares anuales en asistencia económica y militar. Si a esto le sumamos la larga amistad que une a Islamabad con Beijing –para balancear simultáneamente a Washington y la amenaza india—, tenemos un país que, a pesar de vivir al borde del colapso (armas nucleares incluidas), juega sus cartas geopolíticas con extrema destreza.

–En el Golfo Pérsico, el sultanato de Omán destaca como una isla de estabilidad, buen gobierno –los elogios le llueven por todos lados al (enfermo) sultán Qaboos— y, sobre todo, diplomacia de alto nivel. Sus condiciones geopolíticas lo han llevado a mantenerse al margen del caos regional y a balancear exitosamente sus relaciones con los bloques suní y chií. El rol de Muscat en el acercamiento entre EU e Irán ha sido fundamental, algo que quizá pase desapercibido entre el público en general, pero no a nivel geopolítico.

–En una línea similar se encuentra Qatar. El pequeñísimo emirato mantiene una política exterior poliédrica, en la que goza de relaciones funcionales con Arabia Saudita e Irán a la vez que apoya el islamismo político –léase la Hermandad Musulmana—, algo curioso dado su carácter monárquico. Por si eso fuera poco, su imagen a nivel internacional es excelente, siendo escogido como sede de la Copa del Mundo de 2022 y figurando nada menos que en la camiseta del FC Barcelona, uno de los equipos más icónicos y seguidos del fútbol mundial.

Para hacer todo esto, es verdad, los qataríes cuentan con la fantástica riqueza que le proporcionan sus reservas de gas natural, las mayores del mundo. Pero lo de Doha va mucho más allá, y eso es lo fascinante: a través de la creación de Al Jazeera, el primer canal panárabe de noticias, los qataríes han logrado proyectar su influencia por toda la región, dándole voz internacional al mundo árabe –y un motivo de orgullo en plena era post 11-S— y ganándose la simpatía mundial en el proceso. Gracias a su fascinante estrategia internacional, Qatar es capaz de sacar del radar no solo su condición de monarquía absoluta sino aspectos más preocupantes, como las terribles condiciones de vida de los miles de trabajadores extranjeros en el país, que son para todos los efectos ciudadanos de segunda categoría. Esta situación, es verdad, se da a lo largo y ancho del Golfo Pérsico, pero en Qatar se ha vuelto más notoria por el tema del Mundial 2022.

–Otro caso fascinante es el de Uganda. El pequeño país centroafricano es conocido por muchas cosas –desde su belleza natural hasta Joseph Kony— pero ha sido particularmente criticado por sus actitudes homofóbicas, que han sido traducidas en leyes. Sin embargo, el criticismo hacia Kampala no ha sido tan fuerte como uno esperaría, y apenas le ha traído consecuencias negativas al país. ¿El motivo? El ejército ugandés contribuye con el mayor contingente de AMISOM, la misión militar de la Unión Africana en Somalia. Dada la importancia del teatro somalí para las operaciones antiterroristas en África, Washington y compañía se ven obligados a pensárselo dos veces antes de castigar a Museveni et al. por sus leyes homofóbicas. Uganda, además, permite la presencia de pequeños contingentes de tropas estadounidenses –en su mayoría Special-Ops— que, bajo la excusa de encontrar a Kony, forman parte de la creciente presencia militar norteamericana en el continente africano.

 

Y así podemos seguir. Países como Egipto, Arabia Saudita o Colombia, por ejemplo, sacan sustanciales beneficios económicos de sus respectivas alianzas con Washington. Luego de años de una terrible dictadura, Myanmar le ha dado la vuelta a su imagen internacional con un par de gestos que, para muchos, han sido mayoritariamente simbólicos. Taiwán, ya lo hemos discutido, juega a diario un póker de máximo riesgo en sus relaciones internacionales. Cuba ha proyectado su influencia internacional a base de doctores y otras “ayudas” –seguridad e inteligencia entre ellas— que le han reportado enormes beneficios (y, en el caso de Venezuela, aseguraron la supervivencia del régimen tras la terrible década 1989-99).

Existen innumerables casos de sofisticación diplomática de los que Panamá, si quisiera, podría aprender mucho. En cierta manera sería una vuelta al pasado, pues la diplomacia y la inteligencia de nuestro país alcanzaron niveles altísimos en las décadas del 70 y el 80, años en los que se negociaron los Tratados del Canal y donde Panamá llegó a tener una estatura geopolítica muy por encima de nuestras dimensiones económicas, demográficas y militares.