Mis apuntes de Taiwán

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Publicado en el blog Periscopio de prensa.com

ENTRE EL 7 y el 14 de este mes, tuve la oportunidad de visitar –por segunda vez— la República de China (RDC), mejor conocida internacionalmente como Taiwán. Para cualquier estudioso de los asuntos globales, viajar a uno de los entes políticos más singulares del mundo es una oportunidad irrechazable. Con su complejísima historia y statu quo, la RDC es, para el que le interesa, un mosaico en el que las fuerzas que moldearon y moldean al mundo moderno parecen haber encontrado un equilibrio cuya naturaleza es tan fascinante como incierto es su futuro.

 

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Dije “para el que le interesa” porque tengo la impresión de que, en Panamá, hablar de Taiwán es un poco complicado. Al contarle a muchos amigos –e incluso colegas— sobre mi viaje, muchos reaccionaban con un “ah”, como si mi destino fuese, por decir algo, un pueblito en Pacora y no el corazón de Asia-Pacífico, la región más dinámica e importante del planeta. Para muchos panameños, Taiwán es un lugar distante –geográfica y culturalmente—, aburrido y poco importante.

¿A qué se debe esto? Para intentar explicarlo, es imprescindible considerar un hecho histórico que nada tiene que ver con nosotros. Desde que Washington normalizó sus relaciones con Beijing y decidió reconocer a la República Popular China (RPC) como el “gobierno de China”, la RDC perdió a la mayor parte de sus aliados diplomáticos e incluso su puesto en la ONU. A día de hoy, solo 22 naciones reconocen oficialmente a Taipei. Panamá es una de ellas y podría argumentarse es la más importante de todas.

Aquí voy a abrir un breve inciso: ¿por qué Panamá? La historia de las relaciones entre China y Panamá se extiende hasta 1909, dos años antes de la revolución que establecería la RDC, y por tanto es demasiado larga y compleja como para explicarla aquí, pero baste con mencionar dos cosas importantes:

1. El acercamiento entre Washington y Beijing abarcó la mayor parte de la década de los 70, casi en paralelo con el proceso de negociación de los Tratados Torrijos-Carter. De hecho, aunque se suele acreditar a Richard Nixon –y, por supuesto, a Henry Kissinger— por uno de los movimientos diplomáticos más cruciales del siglo XX, el establecimiento oficial de relaciones entre EU y la RPC no ocurrió hasta el primer día de 1979. El inquilino de la Casa Blanca era, por supuesto, el mismo que firmó los Tratados del Canal (y los acuerdos de Camp David, por cierto): Jimmy Carter.

2. Es importante mencionar esto porque esa década fue quizá la más intensa de las relaciones entre Panamá y EU. Las negociaciones del Canal, como todas los procesos de negociación de aquí a China (nunca mejor dicho), fueron de competencia y colaboración, de apretones de mano por encima de la mesa y espionaje por debajo de ella. En los años posteriores a la firma de los Tratados, de hecho, nuestras relaciones con los gringos eran tan buenas que Panamá aceptó recibir al Shah de Irán –tras la revolución de 1979— sin obtener ningún beneficio a cambio (para muchos, ese hecho marcó para siempre la historia de Contadora como destino turístico). En ese panorama, es lógico que la continuación de nuestras relaciones con Taipei fue coordinada de la A a la Z con los estadounidenses (algo que, seguramente, sigue siendo el caso). El jefe de inteligencia panameño durante toda esa década, por cierto, fue un tal Manuel Antonio Noriega.

 

Bien, la posición de Panamá como aliado taiwanés ha resultado, en muchos momentos, en un trato excelente por parte de la RDC. Como resultado de ello, muchos panameños han viajado a Taiwán o se han visto beneficiados por la generosidad de su gobierno de una manera u otra, desde el joven que fue a estudiar al político que se robó la ayuda gubernamental, pasando por el periodista que, como yo, es invitado a conocer al presidente. Y esto, en muchos panameños, ha derivado en una actitud de indiferencia, e incluso superioridad, hacia la RDC. Una actitud enraizada en los peores aspectos de nuestra idiosincracia, desde nuestra profunda ignorancia sobre el mundo hasta nuestra decadencia educativa y diplomática, pasando por un patético excepcionalismo-nacionalismo que, encima, vive una especie de época dorada en la actualidad. En nuestro mundo de fantasía, sostenido por pilares totalmente fuera de nuestro control (y que todos ven menos nosotros), los panameños somos capaces de concebir, sin una pizca de vergüenza, que una de las 20 economías más importantes del mundo nos necesite más a nosotros que viceversa. Al hacerlo, demostramos por qué nosotros estamos como estamos y ellos están como están.

 

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A propósito de eso, la comparación de ambos países tiene aspectos fascinantes. La historia post-1949 de la RDC está definida por la amenaza de la RPC, el gigante que, a solo 180 kilómetros, la considera una provincia rebelde que, además, simboliza el siglo de humillación que va desde la Primera Guerra del Opio (1839) hasta la victoria comunista en la guerra civil (1949). La relación con la RDC lo es todo en la política taiwanesa, y se podría decir que su increíble desarrollo económico, político y social está estrechamente relacionado con el nulo margen de maniobra que les deja el statu quo. Taiwan, en pocas palabras, está condenado a hacer las cosas bien porque su existencia misma depende de ello.

En este sentido, la RDC es solo un ejemplo más de lo que podríamos llamar “la bendición de la amenaza”. Para muchos historiadores, la espiral de innovación que llevó a Europa a modernizarse antes que ninguna otra región del mundo está estrechamente relacionada con la existencia de una gran cantidad de identidades compitiendo en un pequeño espacio geográfico. En Europa, hasta bien poco, el que se dormía era devorado. En Taiwán, en muchas maneras, aún sigue siendo así. Así de sencillo. Así de duro.

La historia de Panamá, por otro lado, está definida por la ausencia de amenazas. En este sentido, nuestro país es todo lo contrario de Taiwán. Si allí las cosas se tienen que hacer bien sí o sí, acá la excelencia es una opción entre muchas. Y ni siquiera la más atractiva.

En Panamá en particular, incluso, el efecto se amplifica. La importancia geoestratégica del istmo hace que su destino esté determinado por las potencias del mundo. En muchas maneras, el panameño es un pobre diablo que vive en un territorio que es mucho, muchísimo más importante que sus habitantes.

Esta condición, bien diagnosticada, debería resultar en un país también empujado a la excelencia: Panamá, si quiere tener un mínimo de soberanía e independencia, está obligado a tener una de las sociedades más sofisticadas del mundo. Pero, lejos de eso, los panameños, no hemos sabido –o querido— ver nuestra propia miseria y atraso. Nos hemos tragado alegremente las mentiras que nos han dicho desde fuera –que somos independientes y soberanos— y nos las repetimos entre nosotros con orgullo. Pensamos que Panamá –léase la ciudad-Estado alrededor del “conglomerado” interoceánico— es un producto panameño, lo que legitimiza nuestra mediocridad, corrupción y juega vivo. Y así vamos por la vida, vanagloriandonos de cosas en las que no hemos tenido arte ni parte, cosas que no fueran hechas por nosotros sino a pesar de nosotros.

 

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Además de la “bendición de la amenaza”, Taiwán tiene otro elemento valiosísimo para comprender el mundo de hoy, y quizá también el de mañana. Cualquiera que sea invitado a Taipei tendrá la oportunidad de ver un video –o varios— en el que se explica, paso a paso, la transición económica del país, cómo la RDC pasó de ser una economía pobrísima a un monstruo del comercio mundial gracias a la planificación y la visión de sus líderes. Hacia el final del video, la política entra en escena con la apertura del país a la democracia. Y allí se empieza a sentir la presencia del elefante en la tienda de porcelana.

Los taiwaneses, que nadie me malinterprete, tienen todo el derecho –y el deber— de sentirse orgullosos de su democracia. (Aún más importante que eso, para mí resultaron admirables los niveles de compromiso político –ejemplificado en la “revolución de los girasoles” a comienzos de año— y cívico de sus ciudadanos). Pero, por otro lado, es imposible negar que la mayor parte –de seguro la más difícil— del despegue económico taiwanés fue concebida, planeada y ejecutada en el marco de una dictadura.

Ese, además, es el caso de todos los llamados tigres asiáticos, y de prácticamente todos los países que se han modernizado desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

La pregunta que rondaba mi mente, entonces, era ¿ha logrado la RDC todo esto gracias a, o a pesar de, la dictadura que vivió por el 80% de su historia? Lastimosamente nunca logré formularla –el tiempo se acabó y tuvimos que salir disparados hacia otro lado— pero me parece un debate no solo apasionante sino necesario para nuestros tiempos.

En el caso taiwanés en particular, me llamó mucho la atención su apoyo ciego a los manifestantes en Hong Kong y, en general, el trato que le dan al concepto de democracia de cara a sus relaciones con la RPC. En cierta manera, los taiwaneses se comportan como si su sociedad fuese democrática desde el comienzo, cuando en realidad el país no se abrió políticamente hasta 1996, 84 años después de su fundación.

Con esta actitud, los taiwaneses no solo menosprecian su propia historia –al no reconocer lo difícil que es democratizar un país— sino que cometen errores estratégicos. De cara a la RPC, nada ayudaría más que el reconocimiento por parte de Taipei de lo difícil que fue su propio proceso de democratización. Nadie debería entender mejor que Taiwán los desafíos de abrir un sistema político en una sociedad china, donde la unidad y la estabilidad se valoran por encima de todo. En vez de “instar” a la RPC a la democratización, el mensaje de Taipei debería ser “ya hemos pasado por eso y no vamos a juzgar”.

De cara al mundo, la actitud taiwanesa también sirve para perpetuar mitos que, aunque cada vez lucen más débiles, siguen definiendo el discurso oficial en muchos países. Si bien la RDC es hoy una democracia hecha y derecha, sus bases sociales, políticas y económicas fueron cimentadas en un sistema autoritario. Si bien Taiwán hoy defiende el libre comercio y se beneficia enormemente de él, esto solo es posible tras haber alcanzado una estructura económica –de exportación de productos de valor agregado— que le permite incluirse entre los vencedores del sistema, una estructura alcanzada con políticas económicas que hoy son consideradas sacrílegas y que fueron implementadas en un sistema en el que los líderes no tenían que preocuparse por la próxima elección. Como “tigre asiático” y como milagro económico, Taipei haría bien en reconocer estas ambigüedades. Le haría mucho bien a su relación con China y con el resto del mundo. Quién sabe, quizá hasta los panameños comenzarían a tomarse a la RDC un poco más en serio. Aunque, honestamente, yo no apostaría dinero en ello.