Panamá y su felicidad de perros

martinelli_nueva_estadio

Publicado en el blog Periscopio de prensa.com

MIENTRAS ESCRIBO ESTAS palabras, no puedo evitar alzar la mirada más de lo que quisiera. A escasos metros de mi ventana, decenas de hojas de palma –subiendo y bajando, bailando con el viento y besándose unas a otras— intentan cubrir la majestuosidad de lo que tienen detrás. La misión, sin embargo, es imposible. La vista de las aguas se cuela por todos los espacios disponibles, solo limitada por la línea recta del horizonte. Aguas tan tranquilas que apenas se les siente romper a los pies de las palmeras.

La pequeña bahía entre las islas de Colón y Carenero, en el archipiélago de Bocas del Toro, es sin duda uno de los lugares más hermosos de Panamá. En lugares así, se presupone, suele haber gente feliz, desde el turista maravillado hasta los más viejos del pueblo, pasando por este bloguero. Lugares así, y los (afortunados) individuos que los habitamos, encajan a la perfección con la última pincelada que ha recibido la imagen de Panamá y los panameños a nivel internacional: la idea de que somos la gente más feliz del mundo.

La cosa es así: según la última versión global del Índice de Bienestar (Well-Being Index), los panameños somos el pueblo más optimista y positivo del planeta. El estudio, publicado la semana pasada y conducido por la encuestadora Gallup y la compañía privada Healthways, entrevistó a 133 mil personas en 135 países sobre sus actitudes con respecto a 5 “facetas del bienestar”: motivación personal, relaciones emocionales, nivel de agrado con la comunidad, bienestar físico y situación financiera. En sus resultados, halló a Panamá liderando 4 de las 5 facetas –todas menos la última–—, al punto que el 61% de los panameños aseguró estar thriving (próspero, pujante, boyante) en al menos 3 de ellas. Aparentemente, nuestro nivel de felicidad es tan grande que el segundo puesto, Costa Rica, quedó nada menos que 17 puntos (¡!) por detrás.

Como no podía ser de otra forma, la noticia fue recibida de dos maneras característicamente panameñas. Por un lado, y casi instantáneamente, las redes sociales temblaron ante la buena nueva. Miles de panameños se revolcaron en el fango de la autofelicitación y el onanismo mental, en lo que parece ser la última manifestación de un mal que viene afectando a nuestra sociedad desde hace unos años, y que llamaré el Síndrome de la Vista Aérea (SVA).

Básicamente, el SVA consiste en sentir orgullo y satisfacción por la manera como nuestro país se ve desde fuera, sin importar la realidad. Recibe su nombre por las principales causantes de ese orgullo, las vistas aéreas del área comprendida entre Punta Pacífica y el Puente de las Américas. Estas imágenes van desde las tomas aparecidas en películas, programas de TV o documentales hasta fotos tomadas por empleados de empresas ubicadas en estos sectores (o en edificios altos). Dentro de ellas, la visión de rascacielos como el Trump y –sobre todo— el llamado “tornillo” provocan reacciones particularmente efusivas. Todas son compartidas ad infinitum en redes sociales y acompañadas de comentarios de orgullo o admiración. El SVA, en otras palabras, convierte a los rascacielos de nuestra ciudad capital en símbolos patrios, a pesar de que el 95% –como mínimo— de los que toman y comparten las imágenes no tienen relación alguna con ellos.

El SVA, sin embargo, no se limita al plano físico. Además de sentir un enorme orgullo por el skyline de la “city”, el panameño también obtiene gran placer al enterarse de cosas como los resultados del estudio Gallup-Healthways. Así se completa un panorama de alienación mental en el que los problemas reales son confrontados con la imagen fabricada de una sociedad próspera, democrática, soberana y ahora, además, feliz. Esto hace que muchos panameños, conscientemente, le resten importancia a las injusticias y dificultades de su día a día. Si el mundo nos dice que somos lo máximo, pensarán, debe ser por algo. La tormenta de estadísticas y alabanzas –sobre todo económicas— que ha llovido sobre Panamá en los últimos años nos ha hecho pensar que somos especiales, que no hace falta trabajar ni sufrir. Simplemente, y aunque no sabemos bien por qué, es nuestro destino. Nos lo merecemos.

Con esto, aclaro, no quiero decir que el SVA no afecte, en mayor o menor medida, a todos los países del mundo. Tampoco estoy sugiriendo que los resultados del estudio no son válidos. Menciono todo esto a propósito de otro grupo de panameños, el que reaccionó rasgándose las vestiduras ante la noticia de nuestra felicidad incomparable. ¿Cómo puede ser, preguntan, que un país con tantos problemas tenga a la gente más feliz?

Algo de razón, desde luego, no les falta. Como señaló en una bitácora reciente el Dr. Ebrahim Asvat, el mismo día en que se publicó la encuesta también salió un informe señalando que 370 mil panameños pasan hambre. Y eso es solo un granito de arena en una playa de indicadores –sociales, económicos y políticos— que hablan no solo de un presente alarmante sino de un futuro aterrador. Y para más inri, los panameños vamos caminando felices –más que nadie en el mundo— a la boca del lobo.

Dije anteriormente que la noticia fue recibida de maneras característicamente panameñas pues ambas, a mi entender, sufren del mismo problema: la falta de análisis. Ambos grupos cometen el mismo error, que es asociar las respuestas subjetivas de los entrevistados con el estado actual del país. Si a eso le agregas una dimensión moral –“bueno” o “malo”— tienes el 99% de las reacciones que han habido en nuestro país ante el estudio.

Lo cierto, sin embargo, es que el estudio Gallup-Healthways no dice absolutamente nada sobre Panamá. En realidad, el estudio habla sobre los panameños. Concretamente, demuestra que estos DICEN sentirse felices en una proporción superior a los ciudadanos de otros 134 países.

La pregunta, entonces, es ¿por qué? Y la respuesta, lastimosamente, es cuestión de opiniones. Al fin y al cabo, la felicidad es algo completamente subjetivo.

Pero ya que estamos, hagamos el intento. Para empezar, 135 países representan aproximadamente el 70% del mundo. Teniendo en cuenta la enorme y casi inabarcable diversidad que caracteriza la presencia humana en el planeta, es imposible siquiera empezar este análisis sin considerar la infinidad de culturas y cosmovisiones que conviven en la Tierra, y el lugar, o el rol, del concepto “felicidad” dentro de ellas (si es que existe).

Imaginemos que podemos superar ese escollo (en realidad no podemos). Imaginemos que es posible homogenizar el concepto de “felicidad”. Eso nos lleva al siguiente desafío, el de la medición. Al ser una variable enteramente individual –similar a las encuestas de intención de voto—, la única manera de medirla es preguntándole directamente a las personas, lo que nos obliga a aceptar lo que sea que nos quieran decir. (Dado que los encuestados pueden mentir, y muchas veces lo hacen, suelen haber triunfos electorales inesperados o resultados como el del estudio Gallup-Healthways, en el que países como Arabia Saudita y México figuran en el top 10 de bienestar físico mientras poseen algunos de los mayores índices de obesidad del mundo.)

Sigamos con el ejercicio. Asumiendo que podemos definir y medir la felicidad, los estudios realizados hasta ahora han mostrado resultados y tendencias consistentes a lo largo del tiempo. Concretamente, dos grupos de países suelen monopolizar los primeros puestos: los estados de bienestar (welfare states) de Europa del Norte y los países latinoamericanos. Al ser países distintos con realidades (completamente) dispares, es obvio que no existe un único criterio que explique el porqué de sus altas puntuaciones. Considerándolos por separado, sin embargo, se suele creer que las Dinamarcas, Suecias y compañía figuran en el ránking debido a sus altos niveles de igualdad económica y social –razones eminentemente cuantificables—, mientras que nuestros países latinoamericanos lo hacen por razones más místicas, como la cultura y la idiosincrasia. Relacionando las puntuaciones de felicidad con los indicadores cuantificables de bienestar social y económico, podríamos decir que el primer grupo se siente feliz debido a ellos y el segundo a pesar de los mismos.

Obviamente, entender a los ‘debido a’ no es difícil. Lo complicado viene al analizar a los ‘a pesar de’, o sea a nuestros países latinos. Sobre esto se pueden decir mil cosas, pero ninguna que zanje el debate. Lo cierto, al menos desde la semana pasada, es que de acuerdo al último estudio, Panamá lidera –y por un enorme margen— el grupo de los ‘a pesar de’. Nuestro istmo, nos guste o no, ha dado un salto de calidad.

Y aquí entramos al meollo del asunto. ¿A qué se ha debido ese salto? El simple hecho de pertenecer a Latinoamérica le asegura a Panamá un puntaje alto, pero, ¿qué nos ha catapultado al estrellato de la felicidad mundial? Los expertos entrevistados –siempre tan políticamente correctos— apuntan al crecimiento económico y blablabla. A la aplicación correcta de la religión neoliberal, en otras palabras.

Yo, sin embargo, creo que detrás de esas explicaciones se encuentra el SVA. Los panameños, ayudados por las imágenes omnipresentes de prosperidad capitalista á la USA y la repetición sin cesar de frases facilonas (“la economía de mayor crecimiento en la región” y demás) han entendido que, además del optimismo inherente a nuestra “Latinoamericanidad”, existen motivos adicionales para sentirse felices. No importa la deprimente –y empeorante— situación. No importa que todo lo que nos causa tanto orgullo sea completamente ajeno a nuestras vidas: algún día, creen los afectados por el SVA, todos viviremos en el Trump, trabajaremos en el “tornillo” y viviremos en la Dubai –¿o era Suiza o Singapur?— de América Latina. Y allí, claro que sí, seremos felices. Quizá, de hecho, solo con la promesa de felicidad basta para ser los campeones de la misma.

Como dije antes, el SVA no es un fenómeno exclusivamente panameño. Pero, como el ébola en África Occidental, es posible que haya encontrado en Panamá las condiciones ideales para su desarrollo. En mi opinión, no es ninguna casualidad que el “aumento” de nuestra felicidad se dé en el contexto del actual colapso cultural, político, social y educativo que atraviesa nuestra sociedad.

En su libro Political Order in Changing Societies, Samuel Huntington establece claramente la relación –inversamente proporcional— entre la ignorancia de una sociedad y su nivel de exigencia política. El que nada sabe, nada exige. Dicho de otra manera, existe un motivo por el que los expertos creen que la inestabilidad política aumentará en la India a medida que ésta se desarrolle económicamente. Ese mismo motivo explica las recientes protestas masivas en países en vías de desarrollo –de Brasil a Tailandia— y, por ejemplo, que el país que más violaciones de Derechos Humanos denuncia al año sea Suecia.

Según esa lógica, la sociedad panameña debería estar viviendo tiempos de convulsión social. Pero no: resulta que somos los más felices del mundo. Esto, creo, se debe a que nuestro avance económico ha ido de la mano de un retroceso social, educativo y cultural. La idiotización colectiva de la sociedad panameña –que coincide, a grandes rasgos, con la era democrática— yace, nos guste o no, en el centro de nuestro ascenso hacia el Olimpo de la felicidad global. Somos los reyes del ‘a pesar de’ porque poco a poco perdemos conciencia y dignidad. Paso a paso, Panamá se consolida como el país donde nunca pasa nada porque nada significa nada.

El estudio de Gallup-Healthways revela que al panameño, como escribió el Dr. Asvat, “todo le sabe a cake”; que vamos camino a convertirnos en la utopía del capitalismo desregulado, con templos –llamados malls— dedicados al dios dinero, repletos de tiendas pobladas por un ejército de consumidores sin historia ni conciencia política y social; una masa que vive esperando la próxima ocasión –sea el Black Friday o los carnavales— de gastar y endeudarse y que, ocasionalmente, expresa su “orgullo nacional” vistiendo una camiseta –de marca, eso sí— de la selección de fútbol, o con explosiones xenofóbicas tan infantiles como deprimentes. Una sociedad donde nada tiene ni pies ni cabeza. Una sociedad que, simplemente, ya no da más de sí.

Eso, lastimosamente, es lo que somos. Cualquiera con un mínimo de conciencia puede reconocer que hay muy poco de lo que sentirse orgulloso. Y sin embargo, somos los más felices. No lo dudo, pero –más allá de la mística latinoamericana— me temo que nuestra super-felicidad tiene mucho que ver con nuestra lenta descomposición social. Como dicen en inglés, ignorance is bliss. En eso sí que no nos gana nadie.