Rusia, EU y el mundo (I): Un ajedrez de energía y realpolitik

periscopio 14 Rusia

Publicado en La Prensa. Lee la segunda parte aquí.

Para Moscú, toda la situación en su periferia sur y oeste es una sucesión de provocaciones. Y esas provocaciones, reales o percibidas, están moldeando su actitud y su estrategia geopolítica.

LA SEMANA PASADA estuvo marcada por la publicación de las primeras 500 páginas del informe del Senado estadounidense sobre las tácticas de interrogación utilizadas por la CIA durante la llamada Guerra Global contra el Terrorismo. Debido a su longitud –6 mil 700 folios (clasificados)—, presupuesto –40 millones de dólares— y las expectativas creadas tras cinco años de trabajo, el informe monopolizó la atención global, echando fuera del radar prácticamente a todo lo demás.

Entre los damnificados estuvo lo ocurrido en la Cámara de Representantes de Estados Unidos (EU) el 4 de diciembre. Ese día, se aprobó la resolución 758, que “condena fuertemente” a la “Federación Rusa bajo Vladimir Putin” por “llevar a cabo una política de agresión contra países vecinos, en aras de la dominación política y económica”.

 

La confrontación preocupante

Pongámoslo en perspectiva: el país que el martes admitió haber cometido toda clase de atrocidades –incluyendo el waterboarding, la “hidratación rectal” y la muerte por congelación— sobre individuos capturados arbitrariamente a lo largo y ancho del mundo, como parte de una “guerra global” que incluye la invasión (y destrucción) de dos países, la muerte de cientos de miles de personas, la desestabilización de toda una región del globo y un programa (en curso) de asesinatos extrajudiciales por drones en casi media docena de Estados “soberanos”, acusó y condenó cinco días antes a otro país por una lista de supuestos crímenes que, se vea como se vea, palidece ante el contenido del “informe de la tortura”.

En concreto, la HR758 acusa a Rusia de invadir Ucrania (este año) y Georgia (en 2008), afirma categóricamente que el MH17 fue derribado por “separatistas apoyados por Rusia” y exige a Moscú “la retirada de sus fuerzas de Ucrania”, amén de la “reversión de su anexión ilegal” de la península de Crimea. A pesar de haber recibido poquísima atención mediática en este lado del mundo, su lenguaje es tan fuerte que muchos analistas –especialmente en Rusia— la consideran poco menos que una declaración de guerra. “Es posible que los historiadores del futuro –si es que aún quedan humanos— la señalen como la legislación que desató una conflagración global entre dos potencias nucleares”, escribió Robert Bridge en el website de la cadena Russia Today.

En cierta manera, que el mismo Congreso sea capaz de producir dos documentos de espíritus tan dispares es un reflejo de la polarización actual en Washington. Mientras que el “informe de la tortura” fue producido por el Comité de Inteligencia del Senado –controlado por los demócratas—, la HR758 fue aprobada por una House de mayoría republicana. El problema, por supuesto, es que a partir del 3 de enero, el Congreso estadounidense contará con una mayoría opositora en ambas cámaras.

Así las cosas, la confrontación con Rusia solo puede empeorar: es muy posible que 2015 traiga consigo una ley que conceda a Kiev el estatus de “gran aliado fuera de la OTAN”, lo que acarrearía importantes ramificaciones económicas y, sobre todo, militares. Dicha ley, aunque fuese vetada por Obama, sería vista en Moscú como una provocación inaceptable.

Para el Kremlin, de hecho, toda la situación en su periferia sur y oeste es una sucesión de provocaciones. Esas provocaciones, percibidas o reales, están moldeando la actitud rusa y su estrategia geopolítica, desde su periferia europea –donde compite directamente con el bloque transatlántico— hasta el continente asiático. La tensión entre rusos y estadounidenses ha crecido de tal manera que muchos analistas ya hablan de una “nueva Guerra Fría” e incluso de la “Tercera Guerra Mundial”. Más allá de la verosimilitud de estos escenarios, se hace cada vez más evidente que para comprender el mundo de hoy es imprescindible comprender a Rusia.

 

La visión rusa: de Europa…

Comencemos por su periferia europea. El principal escenario es Ucrania, donde la firma del Acuerdo de Asociación (AA) con la Unión Europea (UE) —lo que desató la caída de Yanukovych en primer lugar— ha llegado al precio de una desestabilización del país en todos los aspectos que hace que el acuerdo sea, en todo caso, imposible de implementar. Mientras, la situación continúa congelada: Moscú sigue apoyando a las fuerzas antigubernamentales en el este, la economía ucraniana sigue en ruinas –mientras Washington y Bruselas se niegan a hacer el gasto necesario para relanzarla— y, como siempre, los ciudadanos de a pie son los que sufren. “La realidad de fondo es que la estabilización de Ucrania no es posible sin la restauración del cordón umbilical que la une con Rusia”, escribió el exdiplomático indio MK Bhadrakumar.

Al escenario ucraniano se unen otras situaciones de menor intensidad pero igual nivel de tensión. Georgia continúa coqueteando con la UE –también firmó un AA— y la OTAN mientras Rusia se afianza en los territorios de Abkhazia y Osetia del Sur. En Moldavia hay más de lo mismo, con una clase política –y una sociedad— divididas entre “pro-rusos” y “pro-occidentales” mientras Moscú se guarda bajo la manga los ases de Transnistria y Gagauzia. Incluso países como Hungría, República Checa y Eslovaquia –integrados en la arquitectura transatlántica pero reticentes al enfrentamiento con los rusos— están sintiendo la presión.

Y esos son apenas los “territorios en disputa”. Al otro lado del espectro, Polonia y las repúblicas bálticas –Letonia, Lituania y Estonia— se muestran abiertamente anti-Kremlin y han llevado a la OTAN a anunciar el “pre-posicionamiento de vehículos militares” para ser usados en ejercicios o “potenciales operaciones”.

Todo esto pone de relieve un hecho simple y observable en cualquier mapa: independientemente de lo que uno piense de las acciones rusas, la alianza transatlántica no solo ha absorbido a la región que sirvió de colchón entre los bloques de la Guerra Fría sino que, con la excepción de Bielorrusia, continúa avanzando en las exrepúblicas soviéticas que protegieron al corazón (ruso) de la URSS. “El nuevo muro de Berlín, construido por EU, va del Báltico al Mar Negro via Kiev”, escribió el analista Pepe Escobar. “Si Ucrania entrase en la OTAN, la ‘zona colchón’ desaparecería por completo. La OTAN –o sea EU— se plantaría en pleno flanco occidental ruso”.

Es en este contexto que debe analizarse la decisión rusa de cancelar el gasoducto South Stream. Concebidos hace unos siete años como una solución al poder de los países por donde llegó a transitar hasta el 80% del gas ruso hacia Europa –léase Ucrania—, los gasoductos North y South Stream conectarían directamente a Rusia con sus clientes en el norte y sur del continente. El primero de ellos –de mil 222 kilómetros (km), supliendo a través del Báltico a Alemania, su mayor consumidor europeo— fue inaugurado en 2011, mientras que el segundo –tres veces más largo, para suplir a una serie de países al otro lado del mar Negro— debía completarse en 2016.

Todo eso, sin embargo, comenzó a cambiar con la crisis ucraniana. A medida que se sucedían acciones y reacciones, el razonamiento europeo –no sin presión estadounidense— pasó de centrarse en la eliminación de mediadores problemáticos a la preocupación por su propia dependencia del gas ruso. Así, los europeos terminaron agarrándose al llamado Tercer Paquete Energético de la UE –que establece que una misma compañía no puede controlar el gas y la infraestructura que lo transporta— para impedir a países como Bulgaria y Hungría participar en el proyecto hasta que Rusia hiciese las “modificaciones” pertinentes.

 

…a Turquía

Y así pasó lo que pasó. El 1 de diciembre, desde Ankara, Vladimir Putin anunció la cancelación del proyecto –ante la “actitud no constructiva” europea—, que será sustituido por un gasoducto de la misma capacidad hacia Turquía, donde habrá un centro de distribución hacia el sur europeo.

La cancelación del South Stream es otro de los complejos movimientos geopolíticos que está protagonizando Moscú en los últimos tiempos. Mientras que los medios occidentales lo tildaron de “fracaso”, lo cierto es que otro tipo de análisis arroja resultados distintos. Para empezar, Rusia pone la pelota en el tejado europeo. Se estima que solo Bulgaria, por ejemplo, perderá unos 6 mil empleos, unos $3 mil millones en inversión y unos $500 millones anuales en pagos de tránsito tras la cancelación del proyecto. Asimismo, la firma italiana Saipem anunció que perderá hasta $2 mil millones. Líderes políticos y empresariales de Bulgaria, Hungría y Serbia ya han mostrado su descontento con la actitud de la UE, que les ha hecho perder un proyecto fundamental sin ofrecer nada a cambio.

En segundo lugar, Rusia se deshace de un proyecto cuyo costo se estaba saliendo de control –de los $10 mil millones proyectados en 2007 a los $30 mil millones de hoy— y cuya viabilidad comenzaba a dificultarse en tiempos de penurias económicas para Moscú. Por si fuera poco, los rusos no pierden los $4 mil 500 millones invertidos en ductos submarinos, pues serán usados para el nuevo gasoducto hasta Turquía. Curiosamente, al conectarse directamente con los turcos –que consumirán casi un cuarto de la capacidad total del gasoducto a precio descontado—, Moscú sirve a su segundo mayor mercado europeo –más grande que Bulgaria, Hungría y Austria juntos— y deja otra prueba más de que su futuro económico está cada vez más lejos de Europa y más cerca de Asia.

Todo esto nos lleva a una situación fascinante. Ante la necesidad europea de reducir su dependencia energética en Rusia y la necesidad rusa de mantener la mayor presencia posible en el mercado europeo, Turquía se convierte en un actor absolutamente fundamental para ambos, con todo lo que eso conlleva. Con el redireccionamiento del South Stream, Ankara no solo aumenta su interdependencia con Moscú sino que fortalece su rol como la intersección energética entre Europa y Asia, uno de sus principales objetivos estratégicos. En la actualidad, los turcos transportan petróleo de Azerbaiján hacia Europa y, además de su futuro rol con el gas ruso, jugarán un papel esencial en futuros proyectos para traer gas al continente europeo desde Turkmenistán y Azerbaiján a través de los mares Caspio y Adriático.

Los beneficios para Ankara no terminan en el acuerdo con Gazprom. Rusia, además, construirá casi la totalidad de la industria nuclear turca y –significativamente— apoyará su membresía en la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), con lo que Turquía podría convertirse también en parte crítica de las “nuevas rutas de la seda” propuestas por Beijing. Ambos países han acordado triplicar su comercio –30 mil millones anuales— en los próximos seis años.

 

La clave siria

Aquí, sin embargo, entramos en la parte más jugosa. Como parte de su geoestrategia, Turquía aspiraba a la construcción de un oleoducto desde Arabia Saudita y un gasoducto desde Qatar –ambos a través de Siria— para llevar energía árabe a la UE. Para ello, sin embargo, se hacía indispensable la salida de Bashar al-Assad, cuyos principales aliados han sido… Rusia e Irán. Bajo este prisma, la visita de Putin a Erdogan adquiere un cariz completamente distinto. Es imposible saber si ambos líderes acercaron sus posiciones en cuanto a la crisis siria, pero es casi seguro que el tema fue tratado.

Más allá de lo que se hayan dicho ambos presidentes, es interesante considerar su reunión a la luz de los últimos hechos: poco después de la visita de Putin, la Cancillería turca hacía circular rumores de que Ankara y Washington estaban a punto de llegar a un acuerdo para la implementación de una zona de exclusión aérea (ZEA) en la frontera turco-siria. La Casa Blanca lo negó todo, pero el domingo pasado el ejército israelí realizó bombardeos aéreos en territorio sirio, supuestamente para destruir armamento ruso enviado a Hezbollah –a través de Irán— para impedir la implementación de la supuesta ZEA. Los rusos, por su parte, se quejaron con vehemencia ante la ONU por los ataques, y exigieron una explicación a Jerusalén. Para coronarlo todo, el miércoles Moscú anunciaba su disposición de organizar y acoger una reunión entre Assad y Washington si ambos lo solicitaban.

Sea cual sea la verdad en toda esta vorágine de información y rumores, es evidente que los rusos están profundamente involucrados en Oriente Medio. Ese involucramiento, por supuesto, está íntimamente ligado a la geoestrategia rusa: al jugar papeles sustanciales en la crisis en Siria o las negociaciones nucleares con Irán, los rusos mantienen a los estadounidenses amarrados en una región de la que no pueden salir. Y mientras no salgan, su capacidad para intervenir en las periferias rusas se verá reducida.