Sobre la crisis del ébola

Ebola-West-Africa-Outbreak-537x381

Publicado en el blog Periscopio de prensa.com

MIENTRAS EL MUNDO se enfoca en las crisis de Ucrania e Irak-Siria, el peor brote de ébola desde 1976 –cuando se descubrió el virus— continúa afectando a un puñado de países del África Occidental. Ayer, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió que el virus se está propagando “exponencialmente” en Liberia, donde se esperan miles de nuevos casos en las próximas semanas. Por su parte, el gobierno de Sierra Leona anunció un plan para “cerrar” el país e identificar a todas las víctimas de ébola. A partir del día 19, nadie podrá viajar ni usar transporte público por tres días, mientras que unos 21 mil voluntarios irán puerta por puerta para identificar a todos y cada uno de los afectados en el país. Según el gobierno de Freetown, el 70% de los enfermos no ha acudido a buscar tratamiento.

Sierra Leona ha registrado 491 de las 2 mil 97 muertes (23.4%) ocasionadas por la actual epidemia, que ha infectado a unas 3 mil 944 personas en total. El primer caso se dio en Guinea en marzo, aunque se cree que apareció por primera vez en la selva de ese país unos cuatro meses antes. A partir de ahí, el virus se ha extendido con una intensidad sin precedentes a Liberia (52% de las muertes), Sierra Leona e incluso Nigeria (7 muertos) y Senegal (un caso). Para efectos de comparación, el mayor brote registrado hasta ahora –en 2000-01 en Uganda— constó de solo 425 casos.

El actual brote está siendo el más grave por varios motivos: el salto del virus de áreas rurales a áreas urbanas, la porosidad de las fronteras en la región, la pobrísima infraestructura de los países más afectados, las decisiones de sus gobiernos, algunas prácticas culturales y –crucialmente— la reacción “dolorosamente” lenta de la OMS. En Monrovia, la capital liberiana, los hospitales no se dan abasto mientras que los enfermos vuelven a fundirse entre la población y las enfermeras hacen huelga debido a la falta de equipo protector. Al igual que en Sierra Leona, se estima que más de la mitad de los casos no han sido registrados.

 

–O–

El drama del ébola en África Occidental tiene dos caras, una gravísima y una menos grave. Contrario a lo que se podría pensar, la gravísima no corresponde a la situación de las víctimas o los países afectados sino a la manera como la región –y el mundo— han manejado la crisis, y lo que esto da a entender sobre el mundo en el que vivimos.

Podríamos comenzar por la OMS. En un durísimo artículo en Foreign Policy, Laurie Garrett describe cómo el ente que gobierna la organización –la Asamblea Mundial de la Salud (AMS)— lleva 25 años negándose a aumentar las cuotas económicas de los 194 países miembros. La crisis financiera de 2008-2009, por ende, supuso una reducción de más de mil millones de dólares en ingresos para la OMS. Por si eso fuera poco, en 2011 la AMS comenzó a presionar para reducir el enfoque en enfermedades infecciosas y dirigirlo hacia enfermedades como el cáncer y la cardiopatía. Este proceso llegó a su culminación al año siguiente, cuando se aprobó una reducción del 50% en el presupuesto de crisis y epidemias de la OMS, dejándolo en apenas 114 millones de dólares. Al día de hoy, la OMS mendiga boletos de avión para sus colaboradores –en clase económica, por supuesto—, regatea con las compañías farmacéuticas y de equipos médicos para obtener donaciones, y cuenta solo con el expertise que cada gobierno le puede aportar. Uno de los principales organismos gubernamentales trabajando con la OMS es el estadounidense Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC). Su director, Tom Frieden, retornó de Liberia visiblemente afectado, y advirtió que “la ventana de oportunidad para controlar esto se está cerrando”.

Ante esta situación, no es difícil comprender como el ébola se ha salido de control. Christian Althaus, un académico de la Universidad de Berna (Suiza) ha calculado que para cuando comenzó el brote, su “número de reproducción (NR)” —la cantidad de personas que un enfermo va a contagiar— era 1.5, un índice moderado de crecimiento. Para comienzos de julio, sin embargo, el NR en Sierra Leona era de 2.53. Hoy, mientras la OMS habla de “crecimiento exponencial”, se habla de un NR de al menos 3 (aunque aún no se ha calculado de manera oficial). Esto se ve reflejado en las cifras concretas: los primeros mil casos se acumularon entre marzo y mediados de julio. Un mes después ya había 2 mil casos, y 13 días después había 3 mil. De continuar a este ritmo, la OMS proyecta unos 20 mil casos para octubre. Y esto, vale la pena recordar, son cálculos basados en los casos conocidos, que podrían ser menos de la mitad del verdadero total.

Mientras el virus se extiende, el mundo continúa semiparalizado. El agosto, la OMS propuso un plan de 12 puntos para responder adecuadamente al ébola. En aquel momento, la organización hablaba de 9 meses de implementación –y 20 mil casos más— a un costo de 490 millones de dólares. Para la semana pasada, sin embargo, ya hablaban de “al menos 600 millones” y “probablemente más”, reflejando un aumento de “al menos 3 o 4 veces lo que estamos haciendo ahora”. Algunos expertos de Médicos sin Fronteras (MSF) han calculado que por cada 80 pacientes en Liberia se necesita el trabajo de entre 200 y 250 personas. Haciendo cálculos, estamos hablando de unos 11 mil trabajadores en estos momentos, con una expansión de 3 o 4 veces ese número para no verse superados por el NR del virus. “Para entender la escala de la respuesta necesaria (…), es necesario considerar los esfuerzos humanitarios que le siguieron al tsunami de 2004”, escribió Garrett. “El Banco Mundial estima que unos 5 mil millones de dólares en ayuda directa fueron usados en los países afectados, y millones más fueron donados de manera privada a nivel mundial”.

Todo esto, a su vez, sucede en medio de la política internacional. Muchos países vecinos –la OMS y la ONU se han rehusado a nombrarlos— se han negado incluso a almacenar guantes y otros equipos médicos. Ante el fracaso de las fuerzas de seguridad de los países más afectados, muchos han sugerido la presencia de tropas estadounidenses e internacionales, pero esto también tiene sus riesgos, no solo para los soldados en cuestión sino en términos de la estabilidad política de países como Nigeria, donde no cuesta mucho imaginar a grupos como Boko Haram denunciando todo como una conspiración de los “infieles” para enfermar a sus compatriotas.

–O–

Eso nos lleva al lado menos grave. El hecho de que el brote esté siendo difícil de controlar en las regiones ya afectadas no quiere decir –al menos por ahora— que haya riesgo de una epidemia continental o global. Para empezar, las propiedades del virus ayudan a reducir el riesgo de epidemias, especialmente en áreas con sistemas y prácticas de salud robustas. Debido a que su transmisión requiere de contacto directo con fluidos corporales, el ébola es menos contagioso que la viruela o el resfriado común, que se transmiten por vía aérea. También es menos infeccioso que otras enfermedades como el sarampión o la influenza. Finalmente, la severidad de los síntomas –fiebre, dolor de cabeza, vómitos, diarreas— ayudan a que el virus no pase desapercibido, al contrario de lo que sucede con el HIV.

Si bien todo esto hace altamente improbable que el ébola se convierta en una amenaza mayor, lo cierto es que no aminora las ya durísimas repercusiones económicas, políticas y sociales en los países más afectados. El principal problema es el cierre de fronteras y las restricciones de viaje. En este sentido, el Banco de Desarrollo Africano indica que el brote podría costarle a Sierra Leona, Guinea, Liberia y Costa de Marfil entre el 1% y el 1.5% de sus PIB. La industria más afectada, naturalmente, sería el turismo, que si bien es insignificante en Liberia, sí representa entre el 1% y el 3% del PIB en Sierra Leona (para efectos de comparación, en Kenia representa el 12%). Además del turismo, industrias como la agricultura y la minería sufrirían pérdidas considerables, y el declive en exportaciones podría tener consecuencias graves.

Desde otro punto de vista, sin embargo, se cree que el impacto podría ser menor. Todos estos países cuentan con economías muy pequeñas, de las cuales una enorme proporción es informal. Lo verdaderamente crucial, señalan algunos analistas, consiste en mantener los puertos abiertos para permitir la llegada de importaciones, especialmente comida. La situación alimentaria en Liberia es especialmente importante, pues guarda una relación directamente proporcional con la situación de seguridad en el país. Y Liberia, no lo olvidemos, es una sociedad que apenas hace 11 años salió de una de las más crueles guerras civiles que se puedan recordar. Mientras la misión de paz de la ONU sigue reduciéndose –para 2015 solo habrá 4 mil efectivos—, muchos temen que una posible escasez de comida y el prospecto de inestabilidad social por el virus podría revivir a las milicias que protagonizaron la carnicería de hace una década. La posibilidad aún parece lejana, pero no es para nada descartable.

 

–O–

Es precisamente este aspecto de “crisis regional” que ha marcado las reacciones globales a la crisis. Por un lado se han visto reacciones esperanzadoras. La OMS anunció hace un par de días el éxito preliminar de algunas vacunas experimentales para tratar el virus, y algunos investigadores están minando datos –información de vuelos, tweets, localización de teléfonos celulares— para generar un mapa que permita anticipar hacia dónde puede extenderse el virus. Alessandro Vespignani, de la Northeastern University, utilizó una colección de datos para predecir que el virus llegaría a Senegal, algo que ocurrió el 29 de agosto.

Pero la crisis del ébola también ha servido para sacar nuestros peores instintos. Aunque la OMS ha manifestado por activa y pasiva que no se recomienda implementar restricciones de viaje o comerciales hacia los países afectados, la ignorancia y el miedo son extremadamente poderosos. Por miedo, un gran número de aerolíneas ha cancelado sus vuelos a Guinea, Liberia y Sierra Leona. Por ignorancia, Korea Air llegó a detener sus vuelos a Nairobi, a pesar de no tener casos de ébola y estar a miles de kilómetros de las zonas afectadas; un grupo de ejecutivos brasileños canceló un viaje a Namibia –alejadísima del brote— e incontables turistas están cancelando viajes a Sudáfrica y otros destinos turísticos. Se estima que las reservas aéreas al África subsahariana podrían caer hasta en 50% en los próximos meses.

El pánico de las restricciones aéreas proviene, en gran parte, del arribo del ébola a Nigeria. Todos los 21 casos del país más poblado de África –169 millones de almas— provienen de Patrick Sawyer, un oficial del gobierno liberiano que viajó enfermo a Lagos. Lo cierto, sin embargo, es que el ébola no representa ninguna amenaza para Nigeria –al menos por ahora— y que los impedimentos de viaje no sirven para detener al virus sino para, a lo sumo, retrasar su extensión. Por otro lado, tienen efectos desastrosos para el movimiento de trabajadores sanitarios y el equipo necesario para contener el brote, así como un impacto nocivo a nivel económico. Para rematar, algunos analistas ya han señalado que estas medidas contribuyen a crear la percepción del ébola como un problema “africano” del que el resto del mundo se puede aislar simplemente evitando el contacto con los afectados.

El colmo, quizás, ha sido la reacción en el resto del mundo. Como siempre, el caso estadounidense es digno de mención. En una decisión casi surreal, la Universidad de Illinois (UI) decidió separar a sus 30 estudiantes nigerianos para “chequeo de temperatura y una conversación privada sobre el ébola”. Increíblemente, los responsables de la institución no tomaron la misma medida con cualquier estudiante u empleado que hubiera viajado a Nigeria u otro país afectado. Y la UI no está sola: al menos dos universidades más han tomado medidas similares con sus estudiantes del África Occidental.

Los efectos de este tipo de decisiones son, por supuesto, mucho peores que cualquier cosa que se pueda conseguir con ellas. Investigaciones psicológicas sugieren que el asociar a una “población extranjera” con una enfermedad solo promueve la exclusión social. Peor aún, se ha comprobado que estas creencias suelen pasar de generación en generación.

Lo que emerge de todo este panorama es una crisis que, depende de cómo se vea, es gravísima o no tanto. La situación en los países afectados es terrible y parece que se pondrá mucho peor antes de mejorar. Lo cierto, sin embargo, es que –por ahora— el brote no tendrá ningún impacto importante a nivel continental o mundial. Por otro lado, la reacción global –entre la negligencia, el pánico y la ignorancia— habla de un mundo que, nuevamente, se presenta mucho menos sofisticado, globalizado e idealista de lo que nos gustaría pensar. ¿Qué decir, por ejemplo, del 40% de estadounidenses que –según encuestas— creen que habrá un gran brote de ébola en su país? ¿Cómo pueden los medios serios competir con Donald Trump, que le dice a sus 2.6 millones de seguidores de Twitter que todos los vuelos a África Occidental deben ser cancelados? Y más aún, ¿cómo vencer el ciclo perverso de las noticias, que nos hace alarmar a medio mundo por un brote de ébola que mata a 2 mil personas en una región definida del mundo mientras que la tuberculosis acaba con 3 mil 500 vidas todos los días en decenas de países sin que nadie siquiera lo sepa?