Taiwán, isla de libertad

Atardecer en Taipei, con el '101' a la izquierda. / Foto: Ether Huang (Flickr)

Atardecer en Taipei, con el ‘101’ a la izquierda. / Foto: Ether Huang (Flickr)

Publicado en La Estrella.

DESDE EL PISO 91 del Taipei 101 –hoy el edificio más alto del mundo—, la ciudad que da su nombre al rascacielos aparece en toda su majestuosidad: un laberinto de anchas avenidas, inmensos puentes, túneles imposibles y preciosas montañas. Con una densidad de más de 9 mil habitantes por kilómetro cuadrado, da la sensación de que no cabe un alfiler.

La prosperidad es evidente, como lo atestiguan los centenares de rascacielos que parecen mirar hacia arriba al ‘101’. Pero no solo de rascacielos vive Taipei: los mastodónticos templos, sobre todo los dedicados al ‘Generalísimo’ Chiang Kai Shek y a su antecesor Sun Yat Sen –algo así como el Julio César y el Octavio del país— o el precioso Museo Nacional del Palacio, muestran una ciudad amada, cuidada y hecha para durar. Es desconcertante pensar que una ciudad como Taipei, orgullosa capital de Taiwán –una de las 20 principales economías del mundo según el Fondo Monetario Internacional y un ‘milagro’ de desarrollo económico—, ha florecido de espaldas al mundo y con unos mil misiles apuntándole desde el otro lado del estrecho que la separa de la China continental.

El Taiwán moderno es uno de esos raros productos que han salido de nuestro mundo post Segunda Guerra Mundial. Físicamente es una isla predominantemente montañosa —llamada Formosa (hermosa) por los portugueses— de 36 mil kilómetros cuadrados, separada del continente asiático por los 180 kilómetros del estrecho de Taiwán. Su componente político, la República de China, fue establecido en 1912 por el revolucionario doctor Sun Yat Sen en la China continental, cuando la isla de Formosa aún era una colonia japonesa. La isla y la República China vieron sus destinos unirse en 1945, con la rendición japonesa en la Segunda Guerra Mundial, y luego se aferraron el uno al otro en 1949, cuando los comunistas de Mao Zedong expulsaron a los republicanos de Chiang Kai Shek –sucesor del Dr. Sun— del país y los obligaron a retirarse ‘temporalmente’ a la isla, estableciendo su capital en Taipei.

Por varios motivos, entre ellos la Guerra Fría, los comunistas nunca pudieron tomar el control de la isla y la rocambolesca situación que se produjo podría equipararse a lo que hubiera sucedido si Fulgencio Batista hubiera huido con su Gobierno a una isla caribeña o si el Shah de Irán hubiera creado una monarquía insular en pleno Golfo Pérsico.

Con Chiang Kai Shek arribaron dos millones de chinos ‘continentales’, que si bien se sumaron a los seis millones de taiwaneses que ya vivían en la isla, dominaron —sobre todo en los primeros años— las instituciones y los puestos de privilegio en el país. El Generalísimo Chiang murió en 1975 y, hasta 1987, el país vivió bajo una ley marcial. Nueve años después, el país se abrió a la democracia, celebrando sus primeras elecciones. Este giro político, sumado al planificado e impresionante desarrollo económico, han convertido a Taiwán en lo que es ahora: una historia de éxito y un ejemplo para los países en vías de desarrollo. Lastimosamente, lo que ha ganado en prosperidad y democracia lo ha perdido en reconocimiento internacional. La consolidación de la revolución maoísta provocó la expulsión de la República de China en 1971 de la ONU y, en la actualidad, goza del reconocimiento diplomático de sólo 23 países, entre ellos Panamá y actores tan intrascendentes como el Vaticano, Kiribati o Nauru.

De espaldas al mundo –diplomáticamente, al menos—, Taiwán y su gente se han convertido en un pueblo muy particular. Al ser una democracia hecha y derecha, se precian de ser “una isla de libertad” frente al coloso comunista al otro lado del estrecho. Sin embargo, este ‘amor’ por la democracia no les impide comerciar con Myanmar, posiblemente –y excluyendo a Corea del Norte— el régimen más aislado, represivo y totalitario del mundo. Sus ideales democráticos parecen no hallar contradicción, tampoco, en sostener relaciones diplomáticas y programas de cooperación con Suazilandia, la última monarquía absoluta de África, un desastre llamado país en el que cuatro de cada 10 personas padecen de SIDA y cuya expectativa de vida, en todo caso, no supera los 35 años. Sobre esta última contradicción, un alto funcionario del Ministerio de Información me comentó que “no les gustaba meterse” en los asuntos internos de sus países amigos.

Taipei, un monumento al capitalismo en lengua china, es una ciudad fascinante y a la vez abrumadora. Sus anchas avenidas se encuentran abarrotadas de motocicletas, que pasan vertiginosamente cerca de los automóviles. Sus semáforos, curiosamente, cuentan con un cronómetro que despliega los segundos que faltan para el cambio de luz. Sus calles se encuentran repletas de tiendas de lujo, con franquicias norteamericanas –sobre todo los minisupermercados Seven Eleven, uno en cada cuadra— centros comerciales, restaurantes de toda clase y hoteles de lujo por doquier. El tradicional mercado nocturno de Shilin es una olla a presión, asfixiante, en la que miles de personas desfilan apiñadas por sus calles a la caza de una buena oferta. El taiwanés, como todo ciudadano primermundista, es enfermizamente consumista, y el triunfo del capitalismo sumado a la influencia del periodo japonés lo ha convertido en una especie de chino refinado y occidentalizado, amante del sushi, la ropa de diseñador, los artistas de Hollywood y, si goza del estatus adecuado, los automóviles alemanes. La diferencia con sus “hermanos ” continentales es la del niño rico con el campesino: el extranjero aprende a diferenciar a los pocos días, y por solo observar sus aspectos, a los turistas ‘continentales’ –que son mayoría— de los ídem japoneses y, por supuesto, de los propios taiwaneses.

A pesar de la evidente occidentalización, sería un grave error decir que la cultura y los valores chinos se han perdido en esta singular isla. El taiwanés es, ante todo, un ciudadano orgulloso de su país, de su milenaria cultura y del particular estatus político de su gobierno. Los volúmenes de visitantes locales en cualquier día de la semana al impresionante Museo Nacional del Palacio —donde se exhiben más de 650 mil piezas que engloban más de 2 mil 500 años de civilización e historia— bastan para corroborarlo. Los centros culturales, donde se venden artesanías y comidas típicas, están constantemente repletos de familias pasando el día. La amabilidad y la humildad de la gente llaman poderosamente la atención.

Pero por encima de todo, es imposible pasar más de un día en Taiwan sin tener la impresión de que la prioridad de su gobierno, y de la mayoría de su gente, es el bienestar común del pueblo. Sus políticas económicas son ejemplos de visión y continuidad. El plan de desarrollo, iniciado hace casi 60 años, se ha ejecutado cumpliendo estrictamente los plazos y adaptándolo a la cambiante situación económica local y mundial. Mencionar al ex presidente Chen Shui-bian, “el corrupto”, hace sonrojar de vergüenza a muchos ciudadanos, que en las últimas elecciones volvieron a votar por el Kuomintang –el partido de Chiang Kai-shek— y su candidato, Ma Ying-jeou. Con Ma, que significa “caballo” en mandarín y asumió el poder en mayo de 2008, se podría decir que los taiwaneses escogieron a su propio Obama. El presidente es joven y popular, casi un sex symbol. A pesar de su posición, su esposa viajaba en metro a su trabajo hasta que tuvo que dejar de hacerlo. Pero más allá de su innegable carisma y aparentes humildad y rectitud, Ma llegó a la presidencia impulsado por sus propuestas con respecto a la relación con China continental –la falla tectónica que divide a los políticos taiwaneses—, que se resumían, como todas las propuestas atractivas, en una sola frase: diplomacia flexible.

Hoy, poco más de un año después, la diplomacia flexible ha demostrado ser un éxito rotundo y sin precedentes. China continental y Taiwán han establecido una tregua diplomática y han dejado de competir por “aliados” alrededor del mundo. Han restituido el correo y los viajes directos y, de manera indirecta, han firmado una serie de acuerdos y hasta una declaración conjunta. Como resultado de esto, Beijing ha relajado el aislamiento internacional al que tenía sometida a la isla y la República de China –con el nombre de“Taipei Chino”— pudo participar recientemente en la Asamblea Mundial de la Salud. Los dos osos pandas que constituyen la atracción del zoológico de Taipei, un obsequio de “buena voluntad” de parte de Beijing, son una prueba hermosa y viva de que ambas partes se encuentran por el buen camino.

Además, el pueblo taiwanés —como indican las asombrosamente regulares encuestas— está complacido del ritmo al que llevan las negociaciones con los chinos ‘continentales’. Los taiwaneses parecen conscientes de que mucho amor empalaga, y una abrumadora mayoría aboga por mantener el statu quo: ni unión al estilo Hong Kong —que es lo que desea Beijing—, ni declaración de independencia, que sería un acto de guerra según las leyes ‘continentales’. Además, contrario a lo que sucede, por ejemplo, en los territorios palestinos o en Kosovo, la situación actual a ambos lados del estrecho no conlleva la violación de los derechos de nadie. Esta madurez para llevar las cosas al ritmo adecuado es beneficiosa para ambas partes: a Taiwán le permite, después de muchos años, empezar a tomar un lugar en la comunidad internacional, y a la República Popular China maquillar su pésima imagen internacional —con conflictos étnicos en Tíbet y Xinjiang, entre otros— que solo se ve sostenida por un cada vez mayor poder económico.

Todo esto, es cierto, no ha logrado quitar ni uno solo de los misiles que apuntan a Taiwán desde la costa china. Tampoco parece vislumbrarse en los planes actuales una hoja de ruta con un camino a seguir para una solución final. Las treguas son temporales, y las tensiones —inclusive la violencia— podrían aflorar en cualquier momento. Todo esto es cierto. Pero no lo es menos que Taiwán —un país que pasó de ser una empobrecida colonia japonesa a ser la decimosexta economía del mundo, que pasó de la ley marcial, la dictadura y el predominio ‘continental’ a una democracia moderna y una sociedad igualitaria con una gran integración de sus 13 grupos aborígenes— está en condiciones de sobra para sorprender a propios y extraños una vez más.